miércoles, 13 de noviembre de 2013

... y a tu lado del sofá.

Eras todo lo que siempre odié.

En tu vida no existían casualidades, ni números impares. No había un "no hacer nada" y, mucho menos, un "hacer por hacer".

Me hiciste engancharme a lo que nunca me gustó y aprendí a acariciar los besos que dejabas en el aire cuando te ibas, a buscar los rincones del sofá en los que quedaba tu perfume y a aceptar el compromiso como forma de vida.

Conseguiste que una pulsera con tu nombre no me quemase la piel y sentí, por primera vez, que una promesa no me obligaba a nada más que a ser feliz.

Me acostumbré a ver divertidas tus manías, a reconciliarnos sin haber discutido y a adorar cada uno de tus gestos cuando mis locuras te sacaban de tus casillas.

Me acostumbré a tu risa, a tus besos y a tu lado del sofá.
A utilizarte como almohada, como inspiración y como excusa para sonreír.

Y a ese olor a tabaco que, por más que lo odio, en tu piel, hasta apetece.

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