domingo, 20 de noviembre de 2016

Es que, a tu edad...

He vuelto a hacerlo. 


La realidad amenaza con volver a mi vida y yo he vuelto a guardarte entre mi equipaje.


Sentimientos bien apretados, en menos de veinte kilos de maleta facturada a última hora.


Amor low cost.


Llueve al otro lado de la ventanilla y consigo ver tu rostro dibujado entre las gotas.


Me sigue haciendo gracia el gusto musical que tienes y me río sola, pensando en tu cara de enfado cuando sabes que estoy pensando "es que, a tu edad...".


También me gusta que me mires cuando no te veo y que el rojo de todas las puestas de sol del invierno se instale en tus mejillas cuando sabes que me doy cuenta. 


Quiero que me guiñes un ojo cuando nadie te vea y me cuides sin cuidarme.

Que me hagas caso cuando mi sonrisa te grita que no quiero tener que seguir echándote de menos.

Que te vengas conmigo a Barcelona en el primer vuelo de después de la resaca y miremos con desprecio a las nubes que nos llueven desde abajo. 


Las escalas ya las haré en tus caderas.


La luz, ya me la dará ese color tan raro que tienen tus ojos.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Reincidente.

Ya empieza a apretar el frío y, una vez más, me deja contra las cuerdas de las que cuelgan tus recuerdos. 

Siento cómo el peso de la ausencia de tus besos cae sobre mis párpados, acostumbrados a tus caricias, y los va cerrando.

Me declaro culpable. 

Culpable de quererte más de lo que pensé que se podía querer.
Culpable de echarte de menos a cada rato.
Culpable de mentir cuando me preguntan si existes.
Y culpable, también, de sentir la necesidad de renacer entre tus brazos cada día de mi vida.

Ya empieza a apretar el frío. 
Tanto o más que las ganas de verte.

Y, cuando me vuelva a cruzar con tus ojos, en eso de amarte no sólo seré culpable... Seré reincidente.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Es lo que es.

Quisiera querer desquererte, si eso se pudiera.


Desexistirías de mi existencia y se instalaría, en mi pecho, el vacío más absoluto. 


Donde miraba tus ojos, no quedaría ni la sombra de lo que fue tu mirada. 


Y llorarías. 


Y unas lágrimas saladas "con sabor a mermelada de ternura", te recordarían a las ganas de morirte en mis caderas que tenías cada noche. 


Quisiera querer desquererte y, aunque suena a un trabalenguas de esos que desatan tus labios a primera hora de la mañana, tus piernas siguen remoloneando alrededor de las mías pidiéndome que no me vaya. 


El amor es lo que es. 


El olvido... Está corto de verbos.