miércoles, 21 de diciembre de 2016

El tiempo.

Me distraigo un segundo, mirándote sonreír mientras la luz se muere de celos al otro lado de la ventana.

Me hace gracia tu manía de quitarte el reloj al llegar.
Lo dejas sobre la mesilla y el segundero va marcando el ritmo de tu respiración, hasta que sugieres que acelerarla no es mala idea.

Empiezan a perderse tus suspiros en la curva de mi espalda y las ganas que tenía de encontrarte entre mis besos me recuerdan que mañana volvemos a madrugar.

Cierro los ojos y, dejando que descansen mis rodillas entre las tuyas, vuelvo a escucharlo.

Es el tiempo, otra vez. 
Recordándome que existe, marcándome el ritmo al que te quiero. 

Es el tiempo, otra vez. 
Un envidioso.

Tic... Tu pelo.

Tac... Tus manos.

Tú y tus gestos.

Yo. 

Tus labios. 

jueves, 15 de diciembre de 2016

Me supiste a poco.

Cerré los ojos, respiré profundamente y recordé tu mirada.


Huele a Navidad y pasado cuando te pienso y el frío de todos tus inviernos se pasea sin piedad entre mis huesos.


Un disco nuevo gira en algún rincón de la casa, donde descansan unos espejos que ya no quieren saber de mi reflejo sin el tuyo. 


Qué bonito era despertar con tu sonrisa y qué feo se siente al cumplir sueños, sin cumplir promesas. 


Cerré los ojos y respiré profundamente.


Te respiré cada vez que me gustaba cómo me mentías.

Y cada vez que me juraste que lo único eterno que existiría, serían las ganas que tenías de mis manos.


Te respiré en cada recuerdo, de cada minuto, de cada uno de mis días.


Y me supiste a poco. 


Como todos los años que llevo cumplidos sin tu beso de "felicidades".

Ese que me dabas justo donde se acaba la nuca y empieza a dominar la perdición. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Despacito, pero no.

Muérdele las costuras a la vida.

Muérdeme las ganas de quedarme entre tu dedos para siempre. 


Agarra al destino por el pelo y tira como si quisieras encenderlo.


Tira despacito, pero no.

Sonriendo de medio lado y sin dejar de pestañear. 


Marcando la piel, suavemente, con la fuerza de tus manos. 


Como sólo tú sabes hacerlo. 

Como solíamos ser, cuando nos costaba despegarnos. 


Todo en su justa medida...

Despacito, pero no. 


Como tu respiración sobre mi pecho y tus dientes encadenando las heridas de mis labios. 


Exigiéndome otro asalto. 

Otra tormenta, después de la calma.


Susurrándome mil estupideces para hacerme sonreír y perderte a la altura de mis caderas, donde siempre había un hueco para dejar morir tus jadeos.


Despacito, pero no. 


Y así, pero aquí y ahora.


Despacito, pero no.


Y siempre.