Me susurraste "supongo que la apuesta es arriesgada", mientras deslizabas la mano sobre mi rodilla.
En ese momento, yo ya estaba perdida en el juego de tu boca.
Ya había decidido que tenía que apostarlo todo a tu favor.
All in.
Quería empezar por tu cuello y no parar de besarte hasta cubrir toda tu piel con el granate artificial de mis labios.
Siempre supe, por cómo me mirabas, que tenías un plan para mi sonrisa.
Te convertiste, sin saberlo, en mi apuesta más segura.
Y fuiste lo más real que tuve todas esas noches que fui de farol.
Podría haber seguido ocultándote...
Pero ya no me apetece cubrirme los ojos, si brillan de felicidad cada vez que te veo.
He desviado mi estrategia de juego a la altura de tus caderas y he ganado la partida más importante de todas.
