Subí las escaleras como pude, dejando la vergüenza en el camino y, al llegar a la cama, comprobé cómo tus recuerdos podían romperme el pensamiento.
Dicen que no hay verdad más cierta que la que se dice entre lágrimas. Yo, sin embargo, prefiero desnudar el alma abrazando el frío de las cervezas.
Del fondo de mi garganta salió una voz que me hizo gritarte que te extraño.
Gritar, ¡já!
Podría haber gritado cualquier cosa a dos centímetros de tu oído y jamás me escucharías.
Podría estar intentando contarte que soy capaz, por ti, de inventarme otro mundo en el que, de ser necesarias mis lágrimas para tu sonrisa, me muriera seca pero viéndote reír.
Que es tu risa, para mí, un acorde nuevo tocado con pasión a milímetros de mi oreja.
Que por tus caricias, esas que jamás tendré, condenaría al mundo a un día eterno para robarte la Luna y secuestrar la noche en tu habitación.
Porque las estrellas van con la Luna y mi Luna, viaja con tu mirada.
Si supiera cómo enamorarte no me haría falta el falso calor de una cerveza, ni gritar al anochecer.
No odiaría a los gatos que, por parejas, alumbran las calles con sus ojos cuando las farolas deciden rendirse, ni hablaría mal de los borrachos cuando estoy sobre la cama a punto de ahogarme entre lágrimas y alcohol.
Si supiera cómo enamorarte, no escribiría, porque ya no sé si quiero aprender a quererte o intentar olvidarte.
Si supiera por dónde empezar, ya estaría a medio camino de tus labios.
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