Escucha todo lo que tengo que decirle sin perder la sonrisa y, entre palabras de consuelo, me ayuda a encontrarme.
Cada vez que habla, las palabras separan sus labios de una forma tan sutil, que escucharla es poesía.
Y se va, siempre sin mirar atrás.
Sin despedirse de mí.
Y da igual las veces que la llame, grite su nombre o le diga que la echo de menos... Ella nunca se gira.
Después despierto y entiendo que la sensación de abandono no es tan real.
Que siempre que la necesito, sabe cómo estar.
Que me cuida y me quiere como soy.
Que, de alguna manera y no sé bien por qué razón, está orgullosa de mí.
Y quisiera soñar con ella todos los días, para sentir que no se fue.
Pero con que su voz me abrace el alma de vez en cuando, me conformo.