miércoles, 30 de octubre de 2013

Lejos, muy lejos.

- ¡Vaya! ¿Te quedaste aquí mientras dormía?

+ Sí, no quería arriesgarme a que cogieras el coche, estabas muy nerviosa.

- Creo que es la primera vez que alguien se preocupa tanto por mí, y sin conocerme.

+ ¿Te habría gustado que fuera otra persona?

¿Cómo explicarle que no? Que no se me ocurre nadie mejor a quien mirar al despertar. ¿Cómo se hace para hablar con la verdad con alguien de quien no sabes absolutamente nada?

- No, ahora eres importante para mí.

+ ¿Quieres hablar? ¿Quieres contarme algo?

- ¿Sabes? En otro momento habría dicho que no. Contar mi vida a alguien que apenas conozco no ha estado, nunca, entre mis planes. Pero puedo ver en tus ojos tu bondad y quiero confesarte algo,tengo miedo.

Tuve mucho más y me fui. Lejos, muy lejos.

Cuando regresé, no volví a ver a quien me hizo marcharme y sentí un gran alivio.

Si tengo miedos, son la mitad de los de antes y, aún así, me impiden vivir en paz.

Yo no quiero que nadie ajuste su vara de medirme a unos principios morales que no son los míos.

No sé si seré capaz de casarme con el agradecimiento y vivir toda una vida con la costumbre.
Sonreír cada mañana al cariño cuando he dado la espalda al verdadero amor.

No quiero a nadie sufriendo por mi felicidad, ni quiero hacer infeliz a nadie por el descanso ajeno.

Y aunque, a veces, renunciar es ganar y, si no es demasiado tarde, en el futuro habrá tiempo de enmendar los errores, sólo hay una vida y "renuncia" no es la palabra en la que quiero basarla.

+ ¿Tienes a alguien?

- Ahora, te tengo a ti.

martes, 29 de octubre de 2013

Voy a hablar real.

Me voy a desarmar ante ustedes, los que me lean.

Estoy a punto de entrar a pecho descubierto en medio del tiroteo que me organizó el destino. 

Creo que es la primera vez que voy a expresar de forma clara mi opinión sobre algo en este blog.

Dejaré a un lado mis influencias, la inspiración y las fantasías que, aunque bonitas, suelo disfrazar entre mis palabras.

No voy a hablar bonito, no voy a hablar complejo, no voy a hablar especial, no. Voy a hablar real.

Pocas veces me paré a pensar en lo que me rodea, en lo que me gusta y en lo que no, en los que me quieren o los que me odian.

Suelo fantasear con un mañana bonito, añorar un pasado mejor y odiar mi presente cuando hay algo, en él, que no me gusta.
Pero nunca, nunca, me había planteado mi egoísmo de esta forma.

Sueño, añoro y odio el tiempo que tuve, tengo y tendré. Ese tiempo tan relativo que me están regalando. Ese tiempo llamado vida.

Nos quejamos del desamor, lloramos por una pena, nos amargamos si algo no nos gusta y detestamos el mundo cuando algo no sale bien.

Lo hacemos sin agradecer lo único que nos mantiene aquí, lo que nos permite llorar, amargarnos, compartir nuestra tristeza y, a veces, lo que hace que todo sea perfecto.

Vivimos sin agradecer la vida. Vivimos sin vivir.

No sé cómo lo ven ustedes, pero yo, el amor lo veía lejos, inútil, como una barrera que aparta al ser humano del resto del mundo.

Nunca creí ser merecedora de algo que es tan bonito como doloroso, pero uno no lo elige.

En el amor, como en todo lo demás, manda la vida.

La misma vida que maneja nuestros hilos como si fuéramos sus marionetas y nos marca por dónde debemos encaminar nuestro destino.

Créanme, para la vida somos un juego. Ella tira el dado y nos mueve. De cinco en cinco, de uno en uno o de seis en seis y, al tercero, vuelves a empezar.

Nada podemos hacer más que agradecer y disfrutar el camino.

No elegimos estar aquí, ni elegiremos marcharnos (de hacerlo, sería lo que ella nos tenía planeado). No elegimos de quién nos enamoramos, a quién perdonar o en quién depositamos nuestra confianza. Pensamos lo que queremos y decimos lo que debemos y, aunque al pensamiento no se le puede callar, muchas veces sabemos mordernos la lengua para no herir. Autocontrol. No queremos ser algo que no somos y no nos gusta lo que nos tocó ser.

Pero en eso consiste, en sentir intensamente cómo la vida nos arrastra y agradecer, en cada momento, la oportunidad que nos dio.

Porque todos, absolutamente todos, marcamos, en algún punto del camino, la vida de alguien que nos recordará con una sonrisa y alguna que otra lágrima.

Muchas veces he creído tener una solución, o una manera de suavizarlo todo o, al menos, las palabras suficientes.

Hoy siento mucho que todo lo que está en mi mano sea escribir mi opinión aquí. Como apoyo, como desahogo o, simplemente, porque callarlo me quemaría las entrañas.

Así como el amor es eso que uno no entiende hasta que le llega, la vida es lo que no se comprende hasta que amenaza con escapar. 

Magali.

lunes, 28 de octubre de 2013

Aquí.

Salió a correr y, mientras el frío le empezaba a agrietar los labios, sentía el viento despeinando sus pestañas.

Le ardía el pecho y su garganta empezaba a notar el picor de las carreras de invierno a la orilla del mar.

Veía, a su paso, el mar alterado en una discusión continua contra las rocas de la orilla y, en ese punto, rompió a llorar.

Le encantaba la playa en invierno para pasearla colgada de su mano, para recorrerla de un lado al otro en pequeñas carreras que acababan por un par de vueltas sobre la arena enganchando sus labios, para mezclar lo dulce de los besos con el olor del mar, para ver anochecer a las seis y contar estrellas a las diez, después de recordar sus días más felices entre sonrisas y atrevidas caricias.

Ahora estaba allí, intentando sudar su recuerdo. Un recuerdo que complicaba su vida y hacía que sus lágrimas, en las que flotaban las instantáneas más bonitas de su risa, fuesen más saladas que el mar.

Sin embargo, en la playa de su memoria, el olor de su pelo ponía el calor artificial a un verano de besos en el que las caricias en las orejas eran toda la protección que necesitaban para ver morir los días sobre la toalla.

"Aquí me pediste que te quisiera. Aquí te prometí que te esperaría. Aquí convertiste mi vida en un verano eterno. Y aquí, si ha de ser, se quedará mi alma aumentando el quejido del mar cuando, de llorarte, ya no me queden fuerzas para seguir corriendo."

Enterró sus lamentos bajo la arena mojada de la orilla, acarició un par de olas que, revoltosas, corrieron a enredarse en sus talones y, secándose las lágrimas, volvió a casa.

No iba a sudarlo todo, por si volvía.

sábado, 26 de octubre de 2013

De entre mis letras, una despedida.

Echo la mano fuera de la cama y busco la mochila que escondí debajo.

Suena "Adiós de mayo", de la más grande, en mi cabeza y, aunque es octubre, llegó el momento.

Te miro por última vez, de espaldas a mi coraje y respirando profundamente.

La verdad es que eres guapo, pero no es suficiente.

Acaricio la perfecta forma de tu mandíbula y rozo tu mejilla, suavemente, con mis labios.

Me tomo el café rápido. Amargo, como a mí me gusta.

Me arde el pecho y se me congelan las manos en cuanto pongo un pie fuera. Es duro, pero necesario.

No me gustan las despedidas, no me gusta un amor "porque sí" y, aunque me divierta jugando entre tus manos, no me quemas el alma como debiera hacerlo un sentimiento puro.

Me voy al lugar en el que se encuentra quien me quita el sueño sin tocarme.

Puede que no consiga lo que busco, pero imaginarme tu sonrisa rota por mi culpa no es algo con lo que quisiera cargar cuando esto, más adelante, estallase.

Una carta no es suficiente, lo sé. Y prometo buscarte algún día para contártelo todo.

No pido que me entiendas, sólo que me respetes porque, yo, te quiero.
Aunque te pueda costar creerlo.

Siento que entre mis letras asome una despedida, pero es lo mejor.

jueves, 24 de octubre de 2013

Y escribía.

"Escribe para mí", me pidió.

Y yo no sabía por qué, pero sentí que me estaba pidiendo demasiado.

Algo me decía que, en cierto modo, era bonito. Apreciaba lo que hacía y quería que lo hiciera para él.

Pero no quería hacerlo. Era como si me estuviera obligando a renunciar a lo único que conservaba desde que le conocí.

Cuando nos vimos por primera vez le entregué todo lo que era con una mirada, y me dio igual.

Con el tiempo aprendí a vivir fusionándome con muchas de sus manías, formando parte de sus vicios, de sus sentimientos, de sus pasiones.

Era menos yo y mucho más él, porque quería.

Y escribía.

Escribía acerca de sus maneras, de su forma de ver la vida, de sus ganas de disfrutar, de su sonrisa por las mañanas y sus ojeras por la noche. Y de sus ojos, sobre todo acerca de sus ojos.

Me gustaba escribirle.

Sin embargo, cuando fue él quien me pidió que lo hiciera, se me olvidó por un momento que tenía delante de mí a quien había sido mi inspiración durante muchos meses.

Y sentí que me pedía demasiado, renuncié a escribir para complacerle, renuncié a quererle.
Y renuncié a él.

Cuando recuperé mi vida decidí que jamás escribiría para nadie.
Al menos para nadie que me lo pidiese.

martes, 22 de octubre de 2013

Vendí mi voluntad.

Atravesé mi pie en medio del riachuelo que el exceso de lluvia había provocado en la entrada de nuestra playa.

Mientras el agua cubría, poco a poco, la superficie de mi bota, mis ojos se empañaban con tu recuerdo.

La idea de parecer una loca en medio de la playa, lloviendo y con botas, me importaba menos cuando tú venías conmigo. Porque éramos felices en nuestra locura.

Fue ese día cuando empecé a entender que mi cabeza quería pasar página, pero mi corazón tenía una cuenta pendiente con tus labios.

Hacía tiempo que había aparcado mis ganas de estar sola y, ahora, no encontraba el lugar donde había desguazado mis sentimientos.

Traicioné mis propios principios, vendí mi voluntad y perdí mi deseo de dormir sola. Y todo por amor. Por tu amor.

Me sobraba cama, me sobraba casa, me faltaban besos y, en el hueco del armario donde guardabas tus cosas, se almacenaban todos mis miedos, ordenados alfabéticamente, saltándose tu inicial.

Porque si algo me habías enseñado era que, cuando uno ama, no hay miedo que valga.

Cuando quise darme cuenta, ya la lluvia había inundado mi corazón.

Si es contigo.

Entre mis planes de futuro, está el de despertarme con el sonido de tus pies en el pasillo cuando te levantes a asaltar la nevera por la noche.

Que me dé un arrebato, de esos que pocos comprenden, y me levante de un salto del sofá para morderte el cuello, o el hombro.

Quiero econtrarme, cada mañana, con tus ojos entreabiertos y tu media-sonrisa sobre mi almohada.

Pido días de calor en casa y tardes de lluvia paseando, tantos como podamos.

Que entiendas que la lógica y yo no somos amigas. Y que te guste.

Que me regañes por morderme las uñas, que jamás me falte una de tus caricias, que pueda sorprenderte a diario y hacer que me quieras un poco más.

Que me acompañes cuando hago el idiota, que mi sonrisa sea la sombra de la tuya y mi felicidad, el eco de tus carcajadas.

Yo no quiero una historia parecida a la de nadie, por bonita que sea. Yo quiero mi historia contigo, por especial, rara o anormal que pueda parecer a ojos de los demás.

Puede que te necesite cuando tengo un día malo, pero será lo único que te pida.

Eso, y que te quedes para siempre. Todo el tiempo que el destino esté dispuesto a concedernos.

Quiero que no te vayas, que no me dejes, que no me falles.

Que si algún día somos tres (o más), sería bonito.

Pero ser dos, si es contigo, será perfecto.

domingo, 20 de octubre de 2013

Asusta tanto como atrae.

Con miedo, como quien acaricia las teclas de un piano sin hacerlo sonar.

Así acariciaba yo tu piel.

No quería llegar a desafinarte porque tus susurros interpretaban mi melodía favorita.

Tú sonreías y te lanzabas.

Apretabas fuerte mi pecho contra el tuyo y me calmabas.

Seguía temblando, pero me podían las ganas. Temblaba por dentro, sí, pero también ardía.

Y, es que, tu perfección asusta tanto como atrae.

Aprendí a tocarte y fuimos, desde entonces, la mejor de las piezas y su acompañamiento.

Y no sé si hay alguien que todavía teme no ser un maestro, pero, en las teclas de tu piel, ya no hay nadie que consiga hacer música como yo.

viernes, 18 de octubre de 2013

Huele a tormenta.

Hoy habrá Luna llena. Me lo prometiste.

Es un día raro, gris.

Hace frío, pero siento calor.
Llueve, pero no moja.

Huele a tormenta y siento que todo lo que tengo dentro está a punto de estallar.

Ya no sé lo que quiero y me doy cuenta de que jamás he sabido lo que querías tú.

Te he guardado en secreto porque no quería que nadie te descubriera. No podría enfrentarme al peligro de perderte.

Ya no siento miedo, ya no siento tristeza, ya no siento nada más que tu ausencia.

Me apetece gritar, pero no tengo fuerzas.

Me bebo tus razones con limón y sal y todos los olores me recuerdan a ti.

Pierdo, por un instante, la cabeza y me siento cada vez más cerca de tus manos.

Tuve que aprender a dejar de temblar para amarte y todos los nervios por quererte a destiempo se acumularon en un corazón que arranca con la marcha forzada.

No estoy escapando de nadie más que de mí.

Pero hoy hay Luna llena y volverás.

Como cada vez que aparece para adornar la oscuridad de un cielo sin estrellas. Poderosa. Inmensa.

Como cada vez que dos sombras se funden en una bajo su luz.

Me lo prometiste. 

Lo escondes tú.

- Yo sólo creo en lo que veo.

+ ¿Crees en el amor?

- ¡Claro!

+ Pues no se ve.

- Eso es porque tú no puedes mirar tus ojos mientras sonríes.
Te puedo jurar que no hay nada más bonito.

El amor, ese que todos buscan, lo escondes tú.
Lo guardas como un tesoro y yo, cada vez que me pierdo en tu mirada, me lo encuentro de frente, con la cabeza bien alta y los ojos clavados en mí a modo de advertencia.

Me reta continuamente con una sonrisa torcida, sabiéndose ganador de cualquier lucha.

Y siento miedo.

Es lo único a lo que temo.

Te veo y sólo deseo gritarte que me quieras hoy, por lo que pueda pasar mañana.

Supongo que no soy muy buena en esto de querer.
Nunca le he puesto mucho empeño.

Me conformaba con dar cariño a cambio de un par de caricias y, ahora que llegaste, me di cuenta de que no existe amor sin ti.
No es posible.

Sólo veo en lo que creo.

Y creo en el amor.

Y creo en ti.

martes, 15 de octubre de 2013

Y apareces.

Dicen que no hay nada como ver atardecer en la playa los últimos días de verano, cuando las noches empiezan a ser más largas y las últimas estrellas fugaces alargan los deseos de los valientes.

Tú y yo preferimos no creerlo.

Porque, si recorremos las calles bajo la lluvia una tarde en la que el sol pidió el día libre, no necesitamos pedir nada más.

Cuando en medio de todos, para que nadie nos vea, me regalas un beso salado entre lágrimas de un cielo triste, me haces feliz.

Caminar a tu lado significa deshacer el camino, antes de pisarlo, y dibujar uno nuevo con la tinta que escapa de tu cuaderno de poemas.

Vienes, me sostienes la mano y, mientras me pierdo por la ruta que marcan tus lunares, me enseñas el camino hacia la felicidad.

Y yo te sigo. Te seguiría aunque me llevaras a la muerte.

Pienso y apareces.
Sonrío y apareces.
Siento y apareces.

Sabemos que la lluvia es más romántica que el sol, que el asfalto puede ser maravilloso aún comparado con la arena y haces que desee que todo sean inviernos.

Al fin y al cabo, para encontrar calor ya tengo tus manos.

sábado, 12 de octubre de 2013

Explícate.

Quiero que me expliques, con lujo de detalles, cómo hiciste para ser parte de mi vida de esta manera y conseguir el lugar que tienes en mí.

Estoy en mi derecho de saber cómo, de la noche a la mañana, pasé de no verte a tenerte siempre presente. A cada minuto. En cada cosa que hago.

De querer que me mires, encontrarme con tus ojos, regalarte una sonrisa y desesperarme al no saber de ti.

Lo hiciste en silencio.

Te colaste sin pedir permiso por alguna herida abierta y, cuando cicatrizó, estallaste dentro de mí asegurándote de que no quedaba ni un trocito de mi alma que no te amase.

Ahora no me imagino un futuro en el que no aparezcas y no puedo romper el presente para decírtelo.

Entras y sales de mi mente a tu antojo, me quedo colgada de tus maneras, me revuelves el alma y te quedas con mi vida.

No lo sabes, no lo sospechas e incluso dudo que conozcas el color de los ojos que, día tras día, se empañan por la ausencia de tu risa.

Porque tu risa... ¡Eso sí que es algo de otro mundo!

jueves, 10 de octubre de 2013

Hasta reventarme el pecho.

Que ya no puedo hablar de amor y no sé si es por tu culpa o gracias a ti.

Voy a encontrar ese sitio en el que gritar tu nombre hasta reventarme el pecho y soltaré, en ese grito, todo lo que te quiero decir y me guardo.

Me imagino tu perfil, visto desde mi asiento, iluminado por el sol de la mañana.

Hemos escapado y se nos está haciendo de día.

Todas las noches, mientras duermo, vemos amanecer en el mismo coche. Llegando al lugar donde seremos felices por el resto de nuestra vida.

Tu mano sobre mi pierna, mi sonrisa tatuando la felicidad en mi rostro y una promesa de eternidad que regala, a nuestras miradas, el brillo que necesitan.

Me imagino tus manías, la música que escuchas, tu cara al despertar y tus movimientos mientras duermes.

Me sorprendo llorando cuando, al final del sueño, siento que te alejas, que te pierdo, que te escapas, pero sin mí.

Y me despierto para comprobarlo.

No estás, nunca has estado y dudo que algún día lo hagas.

Pero te quiero y me muero de ganas de que te enteres.

¿A qué esperas?

martes, 8 de octubre de 2013

"Qúemate a mi lado."

No se cansaba de repetir que iríamos al infierno por haber rozado el cielo tantas veces.

Y, cuando sonreía en la oscuridad de la habitación, se podía medir su felicidad según el arco de sus labios.

Construíamos castillos en el aire y subíamos a vivir por un ratito.

Entre beso y beso seguía bromeando con el fuego eterno y yo, presa de sus caricias, todo lo que podía decirle era "Si nos condenamos por placer, quémate a mi lado y no te olvides de quemarme contigo."

Que el infierno no puede ser peor que estar lejos de sus manos.
Que nada me duele más que ver una lágrima salando la dulzura de sus ojos.

En un abrazo podríamos ver pasar doscientos años sin que el tiempo dejase huella en nuestra piel.

Prometimos que calentaríamos el infierno si algún día llegara a enfriarse.
Y, allí donde la luz del Sol no llega, no tendremos más remedio que intentarlo empezando con un par de mordiscos.

lunes, 7 de octubre de 2013

El eco de unos susurros.

Guardo, en una cajita, el eco de unos susurros, un par de sonrisas cosidas a mis ilusiones y un "te quiero " de contrabando.

En las comisuras de sus labios se colgaron todas las esperanzas que, tras el primer viaje, se quedaron por el camino.

Cuando hubo engarzado en mis rizos todas sus inquietudes, prometió quedarse a vivir entre mis sábanas y yo, que jamás había querido creer en el amor, me dejé convencer por su mirada.

Le juré que cada una de mis sonrisas se mostraría para disfrazar su nombre y que me vendría su rostro a la memoria cada vez que algo me hiciera sentir bien.

Suspirando por cada una de sus manías sólo me queda el recuerdo de un futuro feliz que se quedó en el pasado, las ganas con las que arranca un amor que no fue suficiente y el calor de sus labios por mis piernas.

Y, cuando me aliso el pelo, todavía puedo escuchar su voz en mi oreja susurrando "Acabas de liberar mis miedos, ahora quédate a cuidarme".

Y sonrío. Porque en días como hoy se agradece un amor, aunque sea falso, y el calor de un abrazo conocido capaz de abrigarme el corazón.

sábado, 5 de octubre de 2013

Olvidamos cerrar la puerta.

Entraste a mi vida revolucionándola toda.

El día que decidiste salir de tu rincón, te acercaste a mí y susurraste "Vengo a ponerlo todo del revés", lo recuerdo como uno de los más felices.

Y no aceptabas un "no" por respuesta. Lo leí en tus ojos.

Sabías que eras lo que necesitaba, llevabas demasiado tiempo escuchando, desde la sombra, cada una de mis quejas.

Empezamos con ganas, ¿recuerdas?

Con tantas ganas que olvidamos cerrar la puerta.

Y se escaparon la vergüenza y la soledad, de la mano, mientras nos reíamos a carcajadas en un colchón que, últimamente, sólo abrazaba lágrimas de tristeza.

Prometiste ayudarme a seguir contando los días que hacía que no lo veía sólo para demostrarme que, si contaba contigo, llegaría el momento en el que restaría, a esa cifra, el tiempo que llevaba siendo feliz a tu lado.

Y así fue.

viernes, 4 de octubre de 2013

Imaginemos.

El truco está en sentarse frente a la pantalla y esperar a que aparezca tu imagen por mi cabeza. Porque siempre lo hace.

Ir descontando, uno a uno, los minutos que faltan para volver a verte y... ¡oye! No sé cómo lo haces pero la inspiración viene siempre acompañada por tu recuerdo.

Empiezo a teclear a un ritmo frenético, casi tan intenso como el ritmo al que se pone mi corazón cuando te veo y, una vez más, te adueñas de mí.

No soy yo la que cuenta las cosas, tú vas cosiendo mis historias con cada una de tus sonrisas e iluminando mis ganas de escribir con la luz de tus ojos.

Imaginemos que la vida no fuera tan complicada, que tú fueras libre (que no lo sé), que la suerte estuviera, por una vez, de mi lado y que tú quisieras, conmigo, lo mismo que yo sueño que quieres.

Imaginemos que fuera capaz de enfrentarte, agarrarte por el pecho, con fuerza, y obligarte a sentir cómo algo se enciende dentro de mí cada vez que oigo tu nombre.

Imaginemos que mis ojos no te dicen nada y que no sabes lo que estoy harta de callar. Que no notas que te miro diferente y que, cada vez que abres la boca, quisiera callarte con un beso.
Uno de esos que probablemente regalas a unos labios que no saben apreciarlo, uno de esos con sonrisa incluída.

Engaño a mi cabeza haciéndole creer que, algún día, estarás a mi lado en el sofá y me dirás "Va, deja eso ya y vámonos a dormir."

A lo mejor es mucho imaginar, pero prefiero pensarte y seguir escribiendo para silenciar a mi corazón que, insistente, grita que quiere que lo hagas acelerarse con algo más que una palabra educada.

Quisiera decirte que, mientras siga escribiéndote, seguiré queriéndote.
Y espero que nunca tengas que llorar que ya no sea tu pensamiento lo que me hace seguir dando forma a mis historias.

Y que el único motivo por el que deje de escribir sea que vengas a arrastrarme fuera del salón porque la cama, sin mí, se te hace grande.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Odio discutir.

Hoy es de esos días en los que compartimos mal humor.

Te miro y, en mis ojos, puedes notar que estoy ahogando el principio de un mal día en mi taza de café.

Tú, que entre tus cereales mezclas lo mal que te sentó despertarte, me regalas un guiño muy forzado y media sonrisa.

Cuando todo estalla me miras desde la cocina y yo, desde el sofá, no puedo pensar en otra cosa más que en los gritos.

Odio discutir. Me duele la garganta. Sé que no tienes la culpa, pero te odio. 

Vienes, te sientas a mi lado y, cuando vuelvo los ojos hacia ti, todo lo malo que rondaba mi cabeza, desaparece.

"Tranquila, en peores plazas hemos toreao'. ¿No?"

Y sonríes, porque sabes que odio esa expresión.

Y sonrío, porque sé que lo sabes (y porque me encanta tu forma de hablar).

Y mis lágrimas ya son de alegría, de agradecimiento con el mundo.

¿Por qué te quiero así?
No lo sé, pero no me pesa. 

Un par de sonrisas de repuesto.

Nos prometimos, entre otras cosas, media vida y una noche en Nueva York.

Nuestro equipaje eran todo ilusiones y un par de sonrisas de repuesto.

Nuestro viaje: la vida.

Pasaban las horas mientras nos comíamos a besos, me mandabas callar para enfadarme y hablabas de ti, de mí y de la imposibilidad de un futuro por separado.

Colabas tus dedos bajo mi camiseta sin que me diera cuenta y, cuando quería reaccionar, ya estaba pidiendo el rescate a tu boca.

Escapando de las cosquillas, empezaban a fundirse las formas de nuestros cuerpos entre las sábanas.

"Yo no quiero sólo media vida, yo quiero todas mis noches sobre tus costillas", me susurraste. 

Y empecé a buscar el modo de traer Nueva York a nuestra habitación para regalarte todos sus amaneceres.

martes, 1 de octubre de 2013

Si es.

"En algún lugar, ahora es mañana. En otro, es ayer. Y aquí, a tu lado, a mí me da igual cuando sea, si es."

Me arañó el corazón con sus palabras y, jurándome no volver a equivocarse de camino, me pidió que sujetase su mano con fuerza.

Era de esos días en los que yo perdía la voluntad cuando sus palabras acariciaban el aire.

De esos en los que sentirme suya me aportaba más que quedarme conmigo.

La libertad compartida en los días en los que la soledad se sabía sobrando.

Yo escribía sobre su cuerpo canciones de amor que luego cantaba cuando se alejaba.

Supo que, alrededor de su ombligo tenían lugar todas mis guerras y que, en las curvas de su espalda sonaban, para mí, las más hermosas melodías.

Lo supo un día de esos en los que mi juicio estaba de vacaciones por culpa de sus caricias.

"Hazme perder la vergüenza", me pidió. "Que la cabeza siempre fui de perderla por cualquiera".

Y fuimos dibujando el mapa de nuestro destino mientras caminábamos.
Parando para descansar, pero sin soltarnos.