"¡Joder con el otoño!", dices mientras te subes las mangas y llenas de aire tus carrillos para resoplar muy fuerte.
Tienes razón, está haciendo demasiado calor para estar en octubre.
Es como si el verano (ese que te trajo hasta mis ganas de tenerte), no quisiera marcharse de tu lado.
No seré yo la que diga que no lo entiendo.
A mí siempre me ha gustado el otoño por el frío de última hora de la tarde, las hojas secas y el olor a castañas que inunda las calles.
Ahora, sin embargo, lo único que me gusta de las tardes es verlas morir en tu abrazo.
Ver cómo se pone el sol entre tu pelo y te tiñe las mejillas de un naranja casi mágico.
Que tu voz sea bálsamo para las heridas de mi ego.
Y poder encontrarte a la orilla de mi boca cuando el recuerdo de tu risa sea lo único que cure a mi mar, enfermo de tempestades.
¿Y que el otoño se resiste? ¡No importa!
Tú seguirás inventando mil locuras para cuando llegue el invierno y te entretendrás mirando cómo dibujo nuestras iniciales en todos los bolsos de lentejuelas que me encuentro cada vez que "tenemos que ir de compras".
Yo, por mi parte, prometo esperar al frío a tu lado y cantarte a Andrés Suárez con ese acento que dices que tenemos.