Volaban bajo los aviones.
Tan bajo que solían cerrar los ojos y, sobre el suelo, sentir la brisa acariciándoles la cara a su paso.
Solían creer que podían tocarlos con sólo levantar el brazo.
Y allí se quedaban durante horas. Abriendo los ojos cuando oían alejarse al avión y sonriéndose.
Hablando y jugueteando con los cuerpos relajados sobre la hierba, las sonrisas permanentes, las mentes volando cada vez más alto y las manos agarradas.
Sabían que, desde el día que decidieron que ese sería su pasatiempo favorito, ninguno de los momentos que habían pasado sobre la hierba había sido igual.
Ninguno.
Pero todos recogían los mismos sentimientos, los mismos deseos, el mismo amor.
Soñaban con, algún día, ver ese jardín vacío desde la ventanilla de un avión rumbo-a-ninguna-parte y, tarde o temprano, tenían claro que lo lograrían.
Mientras tanto, disfrutaban cada guiño que el destino les hacía y, a cambio, le devolvían una sonrisa de agradecimiento.
"Ante la inmensidad de un nuevo firmamento."