Te doy una canción, si me miras siempre como lo hacías aquella noche de frío.
Una que sea sólo tuya y que probablemente no rime, porque yo soy un desastre si tengo que decir lo que siento y me faltarían palabras para describir tu forma de reírte.
La canción más fea del mundo, pero la que todos querrían escuchar si supieran encontrarte entre sus letras.
Y después, cuando ya no me quede ni un acorde por tocar sobre tu cintura, me pidas que no deje de temblar mientras cantas “Time after time”.
Y que vaya con segundas.
Y con terceras.
Y con todo lo que tú quieras.
Porque a mí, a tu lado, no me importa que sea martes trece todos los días...
Aunque no llegue el catorce de ningún mes.
Aunque no exista febrero y se alargue el final de mis inviernos hasta mayo.