Y cuando me doy cuenta de que la vida no es la maravilla que me prometieron que sería, miro tus ojos un rato y se me pasa.
Sujeto tu mano con fuerza, como el día que me dijiste que merecía la pena arriesgar.
Aprieto los párpados, respiro profundamente y busco tu olor cerca, para sentirme a salvo.
Entonces, por un instante y aunque el mundo se esté desmoronando a mi alrededor, siento que soy invencible.
Parece fácil entenderlo todo si tu abrazo me protege de los golpes del destino, si siento que tus labios son lo único que necesito para seguir.
Sonrío, sonríes y confío.
Ahora estoy segura... Merece la pena arriesgar porque vivir, sin ti, no es más que no morir.