viernes, 13 de julio de 2012

Entre tonos granate.

Enciende la radio todavía con la luz apagada.
Se abandona a la soledad del hogar y se deja abrazar por el sofá.

Cuando vuelve del trance en el que entró los dos primeros minutos de relajación, logra escuchar la canción. Me suena grande, los imposibles también existen...

"Bah, menuda tontería, solo existen los imposibles, todos lo sabemos. Debería eliminar esa emisora ridícula de la lista de favoritos".

Después de una ducha helada se sienta a los pies de su butaca, justo frente a la ventana.
Sentarse en el suelo no es lo común, pero nadie dijo que lo común fuera lo que ella solía hacer.

Su paladar saboreaba uno de los mejores tintos y allí, entre vino, lágrimas y melancolía, vio amanecer un día más.

"Quiero mudarme, hace años, al barrio de la alegría".

lunes, 2 de julio de 2012

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Se conocieron en la típica reunión entre jóvenes rebeldes que se unían para, a golpe de rock and roll y cerveza, burlar una vez más las instrucciones de sus padres.

Lo que hacían no era delito, pero sí estaba mal visto. Era "antiestético" por calificarlo de algún modo. Era la juventud contra la que luchaban los vecinos de la zona, esa juventud rebelde que, con espíritu ochentero y muchas ganas de vivirlo todo, revolucionaba las calles de lunes a lunes.

Sus vestuario era "inadecuado" para la zona en la que vivían y los rudos modales con los que se comportaban cuando alguien les molestaba en exceso, les hacía ser detestados por el resto.

Incomprendidos y rebeldes.

Una vez más, el tópico de que "las apariencias engañan" se deja ver cuando te mezclas con ellos y descubres que son personas de gran corazón, con gustos musicales distintos, un mayor sentimiento de independencia y muchas ganas de que les crezcan las alas para volar lejos.

Del núcleo de este grupo de jóvenes nace una historia de ilusión y dependencia, al principio, pero que luego se convirtió en la historia de amor más real jamás vivida.

El inicio de esta relación no es el típico que se suele contar. Su modo de vida no les dejaba tiempo para andar con ñoñerías, sin embargo, pocas parejas se llegaron a querer como ellos.

La pasión como ingrediente principal de una receta de amor explosivo que hacía tanto mal como bien a ellos mismos.

Cuando estaban juntos, lograban parar el tiempo. Eran tan afines que se podría hablar de ellos como una sola persona.
Él ponía la sal y ella el azúcar a una relación que resistía el paso del tiempo mejor que cualquiera de las rocas de su acantilado preferido.

Era en aquel acantilado donde ella solía decir aquello de "Estaremos siempre juntos" a lo que él, de espíritu innegablemente más romántico, respondía "Y cuando nos perdamos te esperaré allí, en el punto donde el arcoíris brilla con más fuerza".

"Porque amores que matan, nunca mueren".