A pesar de que los días pasaban muy rápido, siempre había un momento que se hacía eterno.
Eran los minutos antes de emprender el viaje que, como cada noche, la llevaría al lugar donde la imaginación se libera y da rienda suelta a las más profundas pasiones representadas en los sueños.
Ese instante era el momento en que no tenía nada que hacer, nada que pensar y, ahí, en ese punto, era cuando más echaba de menos ese rostro que tardaría en volver a ver.
Era increíble la forma en que la imagen de esa sonrisa podía iluminarlo todo y la desesperación se percibía en su gesto, aún en la oscuridad, cuando, fruto de la distancia, no conseguía recordar su cara.
Seguía intentándolo, una y otra vez, hasta que lo lograba y, cuando lo conseguía, se instalaba en su pecho una sensación de paz que hacía brillar su mirada de alegría.
Era así, día tras día. Y seguiría siendo así hasta que volviese a casa y se encontrara, una vez más, con esa mirada que regalaba, en toda su expresión, esperanza.
Una esperanza que, creciendo a diario, se había convertido en su razón para vivir, en su motivo para levantarse cada mañana y en su única razón para sonreír.
Era injusta la forma en la que el destino había jugado sus cartas, pues se había dado cuenta de todo la primera noche que pasó a miles de kilómetros de casa, sin embargo, deseaba que la novedad de la experiencia que estaba viviendo y esas ganas de encontrarse de nuevo con toda su perfección, le hicieran más llevadero el tiempo que pasara lejos.
Recordaba, sonreía, se enfurecía, insistía en una idea, sonreía de nuevo.
Sentía.
"Todos los días tienen un minuto
en que cierro los ojos y disfruto
echándote de menos."