martes, 19 de noviembre de 2013

Trece caricias.

Yo, que nada te pedí, vivo encadenada a la curva de tus labios al sonreír, al compás de tus caderas al marchar y al sonido de tus latidos al amar.

Yo, que nada te pedí, ya no duermo si me falta tu voz susurrándome que escapar de la prisa es el remedio para vivir intensamente los días que nos queden.

Me prometiste un baile de miradas por cada enfrentamiento, tres días de besos por minuto de discusión y trece caricias por cada diferencia (que siempre son alguna más, porque el trece no te gusta y lo prometiste como excusa).

Yo, que nada te pedí, me paso los días bailando cerca de tu mirada, con la piel protegida por la dulzura de tus manos y unos labios que ya no saben ser sin los tuyos.

Tú, que todo me lo diste, me haces congelar el tiempo cada vez que rozo la punta de tus dedos sabiendo que ahí, en ese punto, empiezan los minutos a correr.

Digamos que, lo nuestro, es un amor de besos en el ring y lucha en el colchón.

Digamos que, lo nuestro, es la historia que todos querrían y nadie más tiene.

Digamos lo que sea, pero bajito, con el aliento confundido, respirando el mismo aire y con los pies destapados. Porque esta manta, para dos, no llega a nada.

Y regalémonos sonrisas sin pedirlas. Y mezclemos nuestros besos sin que se enteren. Y "que dé igual esperarte, o que me esperes", como dice el maestro al fondo de la habitación.

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