domingo, 29 de septiembre de 2013

Lágrimas amargas.

Recuerdo cuando decidió contármelo todo.

Estábamos en el bar de siempre, en la mesa de siempre y con las ganas de vernos de siempre.

Ese "siempre" que había quedado aparcado en el pasado.

"Perdóname. Perdóname si no te lo conté antes.

Sé que puedo confiar en ti pero, por un momento, me lo hizo olvidar. 

Todo era perfecto.

Desde el primer día se instaló en mis huesos, para quedarse.
Corría por mis venas, era mi sangre.

Yo veía por sus ojos y él caminaba tras las huellas de mis pisadas.
Lo que nunca habría soñado encontrar.

Hasta que un día, no sé cómo, ni por qué, dejó caer su mano de fuego sobre mi cara marcando mi piel por un tiempo y mi alma para siempre.

Era mi ser, mi entender y mi cabeza.
Me hizo pensar que sólo lo tenía a él y que, la poca piedad que tenía conmigo era, además de culpa mía, lo único bueno que encontraría en el mundo.

Que, como él, nunca nadie podría amarme.

Y yo le creía."

Nunca había visto unos ojos tan sinceros como los que me miraban aquella tarde.

Derramaban lágrimas amargas que ocultaran la historia del "amor" más doloroso durante meses.

En su piel se leía el resumen de su calvario y, en la forma de su boca, se adivinaba el tiempo que llevaba sin sonreír.

sábado, 28 de septiembre de 2013

La nicotina de tus besos.

Si había que recorrer media ciudad bajo la lluvia en busca de la peli que queríamos, no lo pensábamos.
Sudadera con capucha, que nunca fuimos muy de paraguas, las manos agarradas tan fuerte que la lluvia no llegaría a mojar nuestras palmas y a pasear.

Las gotas de lluvia estrellándose contra las aceras en una carrera suicida por ser las primeras en barrer las malas energías.

Cogeríamos un catarro, sí. Pero teníamos todo el tiempo del mundo para sudarlo.

Porque las gripes se sudan. Como el mal humor de después de los gritos que desgarran las cuerdas vocales.

Eras la única persona, que conozco, capaz de entender mis vicios y yo, de lo único que me sentía dependiente, era de tus caricias.

Tú, haciendo el idiota por la casa.
Tú, haciéndome burla.
Tú, discutiendo.
Tú, con el pelo goteando, la ropa empapada y la palma de la mano seca.
Tú, sudando.

Y, hasta la imagen que más odiaba de ti, me gustaba verla.

Ese "tú fumando" por la ventana del salón, soplando con fuerza el humo y con el brazo estirado para que no se colara ni una sola colilla que pudiera encender mi mal humor.

El incienso, el verde de tus ojos, tu lado "zen", el olor a vainilla de tu piel...

La nicotina en tus besos dejó de importarme y, un día, se coló la ceniza en mi corazón.

¡Ya habías ganado otra vez!
Tú, con tu asqueroso vicio, ya eras mi única obsesión.

Y no te cambiaría por nada.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Sin más lucha que un par de besos.

Nunca falté a la promesa de no retenerte.

Tampoco tú a la de recorrerme.

Decías que una fecha no era necesaria para que lo nuestro tuviera sentido y yo, que de sentido siempre anduve escasa, vivía cada segundo a tu lado como el momento en el que coges aliento tras bucear.

Con el compromiso de no comprometernos, llegaron los "perdón" sin disculpa y las promesas no prometidas.

Al primer "gracias" sin sonrisa supimos que se estaba rompiendo. Pero, tras una guerra sin más lucha que un par de besos, decidimos que lo que no tiene un comienzo, no puede tener un final.

Y manteniendo el equilibrio sobre la línea del tiempo, seguimos sumando segundos sin llevar la cuenta.

Viendo despertar cielos que jamás se durmieron.

Viviendo despacio con la rapidez que el mundo nos permitió.

Avanzábamos sin más ley que la del egoísmo, haciendo gala de nuestra humildad porque, si de contradicciones está el mundo lleno, nuestra historia no iba a ser menos.

Por si acaso.

La sentía suya en cada paso que daba.

Si aparecía en una esquina de sus pensamientos, lo llenaba todo con su aroma.

Cada texto que escribía, cada canción que componía y cada pensamiento positivo le pertenecían, en exclusiva, a ella.

Tenía todos los derechos de su vida, de su corazón y de sus sentimientos.

¿Cómo se hace para confesar algo así?

Algo tan grande que te rompe por dentro.

Algo tan secreto que se atraviesa en el alma con el sentimiento de culpa.

En el desierto de su corazón, un nombre escrito en la arena por un aventurero sediento.

En el desván que era su mente, ella desde una esquina. Guiñando un ojo, a punto de irse y dejar, como único rastro de su visita, su perfume.

En el agujero negro de su alma, su ausencia y el recuerdo de sus ojos de gata.

Jamás supo qué hacer, pero siguió escribiéndole, le compuso tantas canciones como días hacía que la sentía parte de su sangre y la pensaba a diario.

Por si acaso.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Lo que aguante.

Cuando ya sumo por costumbre los días que llevo sin verte.

Cuando no me importa perderme en otros ojos con tal de encontrar un poco de lo que queda de mí.

Cuando regalo mi sonrisa por inercia a la otra que, en tu lado de la cama, se me muestra con ilusión.

Cuando ya no queda nada de lo que fuimos.

Cuando yo sólo soy partes de ti.

Cuando peco con cualquiera aún sabiendo que, al fuego eterno, me condené contigo.

Cuando pienso en esto y creo que ya no puedo más.

Cuando tengo claro que no vas a volver y me aseguro de que no podré olvidarte.

Cuando pasa todo esto, me pongo tus cd's. Todos seguidos.

Atravieso en mi cabeza todos nuestros recuerdos y obligo a mi corazón a parar por un momento.

Lo que aguante.

Porque sólo apagado puede dejar de quererte.

Y, aún así, me dueles.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Casi.

Cada día, cuando llegaba a casa, se tendía sobre la cama y cerraba los ojos.

Podía quedarse horas allí, imaginando que ella estaba a su lado, susurrándole lo mucho que lo había echado de menos. Entonando bajito, al lado de su oreja, su canción favorita.

Casi podía notar su respiración cerca del cuello, erizándole la piel.

Casi podía sentir, si extendía la mano, la suya entrelazándole los dedos.

Casi podía sentir las cosquillas que le hacía en el brazo con sus largos dedos de uñas mordidas.

Casi.

Solía dormirse con la sensación de que estaban juntos y, cuando despertaba, podía notar la humedad que guardaba el alma por contener las lágrimas durante tanto tiempo.

¿Llorar? Podría servir, pero no la llevaría a su lado. No merecía la pena.

Recordaba sus besos fríos cuando estaba enfadada. Sus pies, fríos también, pero sin motivo.

Sus mejillas rosadas, comiéndole terreno a sus ojos en cada sonrisa. Su mirada sincera, clavada en sus pupilas, haciéndole sentir sin querer.

Abría los ojos y volvía el frío a instalarse en su cama, en su corazón.

Frío, en general.

martes, 24 de septiembre de 2013

Caduca a medianoche.

"Madrugar para buscarte.

Recorrer la ciudad de un lado al otro, sin dejar un solo hueco por rastrear.

Imaginarme donde vives, pasear por cada calle con la esperanza de encontrarte para decirte todo lo que, hasta ahora, he callado.

Camino, corro. Con alegría, pero desesperada por verte. Por verte sonreír.

Llega la tarde y mis piernas, que ya no responden, me ruegan un descanso.

Es entonces cuando mi corazón, autoridad absoluta, les da instrucciones para continuar. Queda poco tiempo.

Les miente. Les dice que mi amor caduca a medianoche. Y siguen.

Son las doce y aún no te he encontrado.

Lo siento.

Te he buscado por todos los rincones menos en el único en el que tenía la certeza de que te encontraría.

Las órdenes de mi corazón y el esfuerzo de mis piernas no fueron suficientes. Mi cabeza no estaba preparada para ti. Los ha engañado a todos."

Y así es como se acabó una de las tantas historias que terminan antes de empezar.

Te quiero, pero no puedo.

Te quiero, pero me quema.

Te quiero, pero no me atrevo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Ni se te ocurra.

No quiero estropear algo, que aún no comenzó, diciendo lo que no quiero que pase.

No sé cómo explicarte que quiero un principio común, un motivo por el que sonreír, una historia bonita que dé brillo a mis ojos.

Debo reconocer que no reparé en ti hasta hace poco. Pero es que ahora no me sales de la cabeza y, bueno, en mi corazón también te estás haciendo un hueco.

Me gusta tu cara, tu boca, tus manos, tu cuerpo y tu nombre.

Y puede que no sea tan delicada como debiera al explicarlo, pero las ganas de tenerte entre mis brazos, acariciarte el pelo y darte un beso en la frente (o en la nuca, o en la espalda, o en el ombligo), son las mismas.

Ahora no me vengas diciendo que ya lo sabías.

Ni se te ocurra decirme que me quieres y que estabas esperando a que yo hablara.

Ni se te ocurra marcharte, después de darle la vuelta a mi vida de esta manera, como si nada pasara.

Ni se te ocurra volver a menear tus caderas cuando te vas mientras, por encima del hombro, vuelves tu cara y me guiñas un ojo, te muerdes el labio y tuerces la sonrisa.

Ni se te ocurra dejarme quererte más tiempo del que decidas, ni menos del que desees.

Ni se te ocurra no decirme que leíste esto.

Ni se te ocurra, porque tienes toda la pinta de morir de cosquillas y yo todo el tiempo del mundo para matarte de placer.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Es una movida.

El tiempo, como el amor, es una movida.

Cambiar una semana sin verte por una hora mirándote es, para mí, como cambiar diez años de oscuridad por un minuto de gloria.

No me llega, no te creas, pero me conformo.

Me conformo porque sé que es lo más cerca que estaré de ti.

Que es una tontería el hecho de querer, en el viaje de la vida, tus manos alrededor de mi cintura como único cinturón de seguridad.

De ansiar tu ropa colgando del borde de la cama. Queriendo quedarse. Sabiendo que sobra.

De verte despertar y, aún con los ojos cerrados, decir "¡Mierda! ¿Cómo acabó la peli?" Y que sonrías.

Saber que eres real por verte, saber que te quiero por soñarte y saber que no me pertenecerás, jamás, porque existes.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Si mi tinta son tus besos.

"¿Qué quieres de mí?"  Me preguntó.

Y ese fue su error. Porque yo, que siempre fui más de saber lo que no quería que lo que sí, hablé.

"Quiero tus buenos momentos, tus malos momentos, tus sonrisas y tus rabietas.

Quiero enfadarte y saber cómo arreglarlo. Ser quien te despierta cada mañana y ser la última que te mira a los ojos antes de que te duermas.

Quiero que deposites en mí toda tu confianza y que tengas la certeza de que nunca, jamás, podría fallarte.

Quiero darte explicaciones, sentir que te tengo, y saber que no te vas a ir.

Quiero besarte, abrazarte, morderte, darte masajes, hacerte cosquillas, bailar contigo, hacerte temblar.

Quiero que, cuando me veas llegar, notes que el estómago se te aprieta y se te encoja el corazón cuando me vaya.

Quiero sentir, cada noche, el latido de tu corazón sobre mi pecho.

Quiero ser parte de tu vida, que seas toda la mía y recordarte, a diario, que eres la única prueba que tengo de que el mundo puede ser un lugar maravilloso.

Quiero explicarte mis teorías y que comprendas que, a veces, un "nunca" puede ser el "siempre" más soñado.

Quiero escuchar tu música, aunque no me guste, y hacerte entender que, por la luz verde de tus ojos, soy capaz de cualquier cosa. Por imposible que pueda parecer.

Quiero que sepas que llevo soñando contigo mucho tiempo y que la historia más bonita del mundo sólo la podré escribir si mi tinta son tus besos. 

De ti, amor, lo quiero todo."

Creo que, desde ese día, jamás ha vuelto a preguntarme nada.

Cualquier otro loco.

Ella pisándole los pies, descalzos, cada mañana mientras hacía café.

Ella, pasando la mano entre su pelo, con ternura.

Ella, haciéndole cosquillas con las pestañas en el brazo.

Escuchando, siempre, sus historias con atención.
Su sonrisa infinita. Su ir perdiendo la timidez. Su cara de comprensión. Sus enfados. Sus manías. Sus ojos verdes. Sus ganas de todo. Su gesto de "ven". Su mirada a lo lejos. Sus caricias que, si no de fuego, quemaban la piel.

Frente al espejo todo lo que le venía a la cabeza era ella y sus cosas.
Se miraba y no veía su reflejo.

Reconocía que, al fondo de sus pupilas, lo único que se guardaba era una imagen de su cara, de su cuerpo.

Cualquier otro loco podría estar pensando en ella, pero ninguno podría ser tan dependiente de sus rarezas.

viernes, 20 de septiembre de 2013

"Felices".

Cuando me llamaba "imbécil", sabía que todo iba bien.

Teníamos muy claro que no queríamos depender de nadie y cuando le dije "Yo no busco a quién atarme, si no con quién compartir mi libertad" asintió como si llevara toda la vida esperando oír esas palabras.

Era una relación extraña a la que no queríamos llamar relación.

Ante un "¿Qué somos?", la única respuesta válida era "Felices".

Compartíamos momentos, sonrisas, noches, fiestas, lágrimas y cama.
Nos buscábamos sin desear a nadie más y, eso, no era nuestra elección.

Decidimos que sería así siempre, que no pondríamos etiqueta a lo nuestro porque todo lo que tiene etiqueta tiene fecha de caducidad.

A veces no es necesario elegir entre la libertad y la felicidad. 

Quisimos tener algo. Sin hablar de amor, pero sintiendo.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Sonrisa de dos.

Sacó de su cartera una foto antigua y me la mostró.

"¿Por qué guardas esto? Está desenfocada. Casi no se nota que salimos ahí." Le dije.

Sonriendo, sostuvo mi mano entre las suyas y me miró a los ojos.

"En esta foto salen media sonrisa tuya y media sonrisa mía. Si las juntamos hacen una sola. Una sonrisa de dos.
¿Recuerdas que te dije que eras una de las luces rojas que brillaba al final del túnel oscuro por el que caminé durante años?
Al final del camino las dos lucecitas, que a medida que me acercaba, se juntaban, resultaron ser una sola. 
Como nuestras sonrisas en esta foto."

Y, perdida en el brillo de su mirada, comprendí que aquello era amar. 

Ahora tengo una guitarra que se queja de que ya no la toco porque prefiero su piel y, es que, no hay mejor compás que el que marcan sus caderas.

Recuerdo el primer día.

Recuerdo que mi vergüenza se escapó envuelta en su pelo.

Recuerdo cada momento.

Y guardo esa foto y su original media sonrisa. Cada día. A mi lado.

Amenazas dulces.

Mezclabas tus sonrisas con traguitos de cerveza y, desde tu rincón del sofá, me mirabas con los ojos entreabiertos, invitándome a acercarme.

Mirada salvaje que me gritaba lo que callabas.

Tenías manías, muchas, pero la que más me gustaba era la de besar la boca de la botella antes de dármela.

Entre risas e incienso prometías, cada noche, ser el Yin para mi Yang y yo sólo quería que siguieras ahí por la mañana.

Me guiñabas un ojo y dejando a mi orgullo tocado, estirabas la mano y agarrabas mi camiseta para hundirlo del todo.

Te mordías el labio amenazando al mío. Amenazas dulces. Torturas que apetecen.

"Quiéreme", me susurrabas. "Quiéreme como sólo tú sabes hacerlo."
Y yo no necesitaba más excusa que esa para acercarme a morder el cuello de tu camisa. Porque te daba grima. Y no había nada que me gustase más que la piel de gallina adornada con tus tatuajes.

Odiaba que fumaras y hacías que me diera igual. Desde que llegabas, tardábamos diez minutos en ser humo.

Y más cerveza. Y más besos en la boca. Y en la de la botella. Y otro guiño. Y más humo. Y menos yo. Y todo era "tú".

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Brindis de copa vacía.

"Te voy a decir los motivos." Me gritó ante todos los presentes. "Me vas a escuchar, quieras o no."  Y, sin darme tiempo a reaccionar, siguió con su locura de defender sus argumentos a viva voz.

"Por todas las noches que me diste y todas las que nos quedan.

Por los besos robados y los regalados, las caricias furtivas y los guiños de ojo que te hacen más sexy, si cabe.

Por el olor a pólvora que dejas en mi colchón después de prender la mecha de mi corazón que, en llamas, se te regala.

Por los años y por los daños.

Por el curioso que, desde su ventana, descubrió antes que nadie nuestro secreto.

Por los libros de viajes que escribimos sin movernos del sofá.

Por hacerme ver que el amor, si visto, es bonito y, si vivido, mejor.

Por los brindis sin copa, o de copa vacía.

Por todo lo que dejas cada vez que te vas y lo que espantas cuando regresas.

Por todo eso, y por más, no quiero que desaparezcas de mi lado.

Y me da igual que toda esta gente sepa que te quiero, que eres la cara que quiero seguir viendo cada mañana y que, por ti, hago estupideces de este tamaño.

Perdóname. Sé que te estás muriendo de vergüenza. Pero yo me estaba muriendo de pena al pensar que no sentiría de nuevo tus manos sobre mi espalda."

Yo podría seguir esa lista con todo lo que me gusta de su forma de ser, de su forma y de su ser.

Y con sus defectos que, de todo, es la parte que más me gusta.

Me tiene ganada.

martes, 17 de septiembre de 2013

Hasta la afonía.

Cuando me agarra, se me olvida que el mundo existe.

Rompemos los esquemas que hemos diseñado.
Sabemos que, aunque nos faltan sentidos, nos sobra interés para reinventar el amor.

Nos desvestimos con las ganas con las que bebe el sediento y, con un sutil juego de manos, nos libramos de la poca vergüenza que nos queda.

Somos, en cuestión de segundos, un solo ser.
Y ardemos en deseo para acabar quemándonos de placer.

Dos cuerpos fundidos, o hechos ceniza, y sin nada más por sentir.

Somos parte de un mismo sueño y compartimos el sentimiento más grande.

A veces no es necesario gritarlo para saber que se siente. Pero si esas ganas incontrolables de sacarlo del pecho a voces llegan, lo hacemos.

Lo hacemos hasta la afonía, desde lo más alto. Desde donde todos puedan oírnos.

Después convertimos los gritos en suspiros ahogados y besos detrás de las orejas. 

Y aún me pregunta por qué sigo a su lado.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Voy a hacerte lo que tú a mí.

Las "buenas noches" sólo serán buenas si susurradas al oído con la respiración entrecortada y tus piernas enredadas en las mías.

Los "buenos días" con tus manos alrededor de mi cintura y tú gritándome, en silencio, "no te vayas".

Ahora, que tengo tiempo, me voy a encargar de que no quieras separarte de mí jamás.

Seré esa extraña que, en un día, se convirtió en indispensable.

Ahora que tengo tiempo voy a secuestrar tu corazón y, cuando esté segura de que todo lo bueno que hay en él está de mi lado, te lo devolveré para que te quedes conmigo para siempre.

No te voy a enamorar, no. Voy a hacerte lo que tú a mí, engancharte el alma hasta que tengas mono de mis besos cada cinco minutos y no quieras otros labios paseando por tu cuerpo.

Voy a luchar por la custodia de tus caricias y conseguiré que rechaces cualquier abrazo que no sea el mío.

Voy a convertir los alrededores de tu ombligo en mi lugar preferido. 

Voy a quererte como nunca nadie te quiso y te voy a proteger de todo lo que te amenaza.

Pero, antes, me voy a por el primer café del día. Que aún es muy temprano para depender de ti sin que lo sepas.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Ese cosquilleo en el estómago, las ganas de verse, los nervios, las sonrisas tímidas, el creo-que-sí-pero-dudo y las primeras confesiones sinceras.

El sentido de una vida cambia, completamente, cuando entra en ella alguien nuevo que pretende quedarse para mejorarla.

Yo, sin embargo, no puedo evitar las comparaciones que, como bien se dice, son odiosas.

Mi memoria me traiciona y, cuando intento besar otras bocas, me lleva a las noches en la playa con los dedos entrelazados.

Ese sabor a miel de tus labios y los besos salados más dulces del mundo.

La ropa sobre la arena, el agua escapando de entre nuestros cuerpos y la Luna, siempre discreta, siendo testigo de todo.

El sentido de mi vida no cambiará, venga quien venga, mientras tus olas sigan controlando el rumbo del barco que es mi corazón.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Mordiscos salados.

Tengo ganas de que empiece el frío invierno, las tardes de lluvia y películas, besos y palomitas.

Y aquí, donde las sábanas nos protegen de todo mal, ver correr las horas una detrás de otra. Persiguiéndose. Bailando. Enredándose entre ellas para luego enredarnos con ellas.

Volver a ese punto en el que pierdo la educación sin sentimiento de culpa. Retándote a una noche más de caricias de fuego, besos sonoros y mordiscos salados.

Te extraña que me guste el invierno. Hasta que llega y comprendes que el único motivo por el que prefiero su frío, es tu calor. 

Y vuelves a hacer que me muera contemplando tu sonrisa mientras me tiendes tu mano para rescatarme del fin.

Te expliqué muchas veces la diferencia entre la gente guapa y la bonita.
Y, aunque dices no entenderla, tú sigues siendo una persona tan bonita que hasta duele.

Afrodisíaco para el alma.

"Voy a ser empalagosa. Lo noto."  Y le dio igual.

Sonrió, como cada vez que nos mirábamos, y me acarició la mejilla de la forma más suave que podía.

En sus caricias, cargadas de amor, sólo podía sentir lo mucho que me quería y eso, aunque hay a quien no le parece suficiente, para mí lo era todo.

A medida que las palabras que salían de mi boca hacían despertar a mi corazón del sueño en el que había vivido durante años, cada una de ellas era más cursi que la anterior.

Sin quererlo me enredaba en una espiral de versos sin rima, pero con sentimiento, en los que únicamente podía expresarle lo mucho que me hacía sentir.

Era un afrodisíaco para el alma y me llevó lejos.
A un lugar del que jamás querré regresar.

Me hizo encontrarme cara a cara con el amor y, después de hacer al olvido una mueca de burla, me alejó de allí cogiéndome de la mano.

"Jamás nos destruirá, no podrá encontrarnos."
Y todo lo demás me dio igual.

viernes, 13 de septiembre de 2013

A los trescientos, preferí perder la cuenta de los días que llevaba sin verte.

Sumaban ya trescientos veinte cuando me crucé, de nuevo, con tu sonrisa.

Y volví a empezar a contar. Pero tengo a alguien que llena tu vacío porque, cuando algo no está de ser, simplemente no será.

Yo lo sé y, aunque me duela, el amor es eso. Una canción, un nombre, un poema, una película...

El amor es todo lo que me recuerda a ti mientras alguien calienta mi cama sin llegar a descongelar mi corazón.

jueves, 12 de septiembre de 2013

A jornada completa.

Quiero ayudarte a olvidar lo que te atormenta, espantar tus fantasmas, decirte que es posible una vida en la que las únicas lágrimas que derrames sean de alegría.

Quiero quererte, amarte, respetarte y todo eso que se promete en las bodas.

Quiero, contigo, el presente sin un futuro planeado y el futuro más largo que puedas pensar.

Quiero playa y montaña, trabajo y vacaciones, verano e invierno, besos y abrazos.

No quiero que todos lo sepan. No quiero que nadie lo gafe.

No quiero compartirte, ni sentirte a medias.

No quiero tener que elegir.

Quiero que seas tú quién me elija a mí y, cuando te decidas, estaré para hacer que tus ojos brillen con la intensidad que hace un tiempo no tienen, pero se merecen.

Te quiero a ti, a jornada completa, en mi vida.

Como el mármol.

Un beso frío, como el mármol. Un pecho que estalla en mil pedazos tras romper a llorar. Un "hasta luego" que suena a "adiós". Un "te quiero" silencioso pronunciado a gritos por un corazón congelado.

Congelado. Congelado.

Así solía quedarse el tiempo cuando estaba allí, con ella.

Cuando el miedo que tenía de noche era sólo la excusa perfecta para que la abrazara y sintiera su calor durante horas.

Jamás pensaron acabar convirtiendo sus vidas en una condena de minutos que, seguidos, les obligaban a estar juntos.

¿Cómo habían llegado a ese punto? ¿Cómo? Después de haber decidido que los días que pasaran queriéndose durarían, al menos, treinta horas. Después de inventar los fines de semana de siete días. Después de convertir sus noches en largas conversaciones que, con o sin sentido, les hacían desear más Lunas.

¿Cómo, tras haberse prometido cien vidas y media, estaban dando muerte a su amor tras el primer conflicto?

A lo mejor estaban equivocados desde el principio.
Quizás el tiempo congelado en cada beso no era más que el reflejo de sus sentimientos.
Quizás hicieron más las ganas de abandonar la soledad que el valor real de la compañía.

Robándome la manta.

Enredar entre tu pelo todos mis deseos y, por las mañanas, recogerlos cumplidos.

Saber que, mientras yo soñaba contigo, tú sujetabas mi mano y, mientras tú dormías, yo te miraba.

Buscarte desesperada en medio de la noche y comprobar que sigues ahí, robándome la manta, ocupando toda la cama y haciéndome la persona más feliz del mundo.

Morderte la punta de la nariz, o una mejilla, y que te enfades. Aunque sabes que, en el fondo, te gusta sólo porque yo adoro hacerlo.

Que te vayas a trabajar, o me vaya yo, y nos echemos de menos antes del beso de despedida.
Que me digas que me quieres, escucharte, que hablemos y que hagamos el idiota a todas horas.

Eso es todo lo que quiero de ti y, algún día, me dirás "te odio" mientras te leo que sabía que estarías a mi lado escuchando esto y con los ojos adornados de falso rencor.

Y me empujarás en el sofá. Y te morderé. Y volveremos a empezar una partida que acabará en empate de sentimientos y latidos acelerados.

martes, 10 de septiembre de 2013

No había antidepresivo mejor.

Eras de esas personas que me ponen nerviosa.

Ese pelo tan negro, esos ojos tan verdes y esa mirada que te pregunta-y-no qué piensas a cada momento.

Si te miraba, me encontraba a tus ojos de frente. Si me giraba, podía notarlos clavados en mi nuca, pidiéndome que me diera la vuelta. Y jamás supe por qué.

Te lo di a entender mil veces. Me provocabas el nerviosismo que gusta. El de las mariposas en el estómago, el corazón acelerado y las cosquillas en la planta de los pies. 

Las noches en vela, si eran pensándote, eran sin ojeras a la mañana siguiente.
Si eran contigo... No, contigo no fueron.

No había antidepresivo mejor que la forma que tomaban tus ojos cuando sonreías.

Yo tenía miedo de que alguien más pudiera ver, en ti, lo que yo. Que vieras en ese alguien lo que, creo, no encontraste en mí.

Y escapé.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Salida de emergencia.

Esa canción otra vez sonando, poniendo banda sonora a mis recuerdos.

Da igual la emisora que sintonice, todas me suenan a esa, todas me llevan a ti.

No podría olvidar jamás el momento en el que, con todo lo que un sábado-noche incluye, te acercaste a mí, me empujaste contra la barra y dejaste a mi razón sin necesidad de buscar otra salida de emergencia más allá de tus caricias.

Aún, si cierro los ojos, puedo ver tus caderas bailando a lo largo de mi pasillo al compás de la melodía que inventaste para despertarme.

Tenías ese olor a "sé exprimir el amor como nadie" que despertaba todos mis sentidos y tu chulería hablaba por ti.

Vuelvo a ese bar a diario y ocupo, yo sola, nuestro sitio en la barra.

Junto los dos taburetes y espero que aparezcas y deslices la mano por mi nuca, hacia arriba, encendiéndome como sólo tú sabes hacerlo, recordándome que cuando salgamos de allí una mano se deslizará por mi espalda y esa otra subirá un poco más y sujetará mi pelo con fuerza.

Y me bebo las ganas de sentir, de nuevo, tu respiración agitada al lado de mi oreja, acompañando el ritmo de mis latidos. Las ganas de ver cómo te muerdes el labio fuerte y vas aflojando. Las ganas de sentirte apretando tus uñas contra mi espalda para dejar constancia de que estuviste aquí, en mí.

Y, cuando intento recordar al día siguiente cómo llegué a casa, lo único que sé es que fue sin ti.

Aunque no sea cierto.

Me gusta tu voz cuando abusas de ella, cuando te escucho hablando a un ritmo frenético que me obliga a estar atenta para no perderme en la forma de tu boca.

Me gusta tu voz cuando sueño que me llamas o me riñes y cuando es ronca.
Hablando con los demás, susurrando, cantando...

Soy fan de tus carcajadas y de esa sonrisilla permanente que no desapareció nunca de tu cara desde que te conozco.

De tus mofletes cubriéndote los ojos, cortando el paso a las lágrimas de alegría, durante tus ataques de risa.

Me encanta que me busques con la mirada, que la mantengas un rato y te gires haciendo que haces cualquier cosa, que me ignoras, aunque no sea cierto.

Estoy casi segura de que sabes más de mí de lo que parece y, aún así, me sigue consumiendo la distancia que guardas.

Ay, si tú supieras.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Y no hice más planes.

Yo pondría la casa. Mejor dicho, el café, el sofá y, de ser necesario, el ron. Ese era el plan.

Te había pedido una tarde para escuchar tu historia. Quería saberlo todo de ti. Quería conocerte y ese fue el único modo que se me ocurrió.

Llegaste con tu sonrisa nerviosa, pero igual de perfecta, y te sentaste a mi lado.
Te dije que no quería hacer preguntas, que estaba ahí para escuchar, que no te juzgaría y que querría saber todo lo que me quisieras contar. Incluído lo que pensabas de mí.

Fue cosa de diez minutos que empezaras a soltarte y, sin querer, acabamos viendo amanecer por la ventana del salón.

Pasó el tiempo, te pidió una tarde y se la diste. Pero ella no era yo. Y volviste.

Volvimos a inventar historias, a ver amaneceres, a convertir todos los números en impares...

"Te daré un beso por cada uno de los poros de tu piel. Nos llevará tiempo."

Y no hice más planes.

No dijo que volvería porque nunca se fue.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Y mañana...

Del día en el que empecé a ser feliz solo recuerdo tu cara.

No sé cómo, ni cuándo y, mucho menos, por qué. Pero te cruzaste en mi camino y ahora no puedo olvidarte.

Un día perdido es un día en el que no te veo, no soñarte es mi peor pesadilla y querer recordar tu sonrisa y no ser capaz... Es de las pocas cosas que me sacan de mis casillas.

Eres, en mi vida, el color en un día gris, la nota que rompe la melodía monótona de un martes cualquiera, la alegría de mi expresión.

Hoy, que no te veo, te regalaré la Luna en cada pestañear y quiero pensar que te acordarás de mí, que me echarás de menos o que, al menos, sabrás mi nombre.

Hoy, que no te veo, te extrañaré como nunca te imaginarías que alguien lo hiciera.

Hoy, que no te veo, te querré, probablemente, un poquito más.

Y mañana... Mañana será otro "hoy".

De nada te conozco. Sé, de ti, lo que dejas que se vea desde fuera. Soy una espectadora más de tu belleza y, sin embargo, podría jurarte más que nadie.

Créeme si te digo que sé que eres grande porque me lo grita mi cabeza, tu sonrisa, la luz verde de tu mirada...

Quiero que sepas que, quererte, es lo más sencillo que puedo hacer. Que me sale solo.

Puedo prometerte una vida de felicidad, la complicidad de una amistad de siempre y la pasión de un amor pasajero. Todo junto, sin descanso.

Quiero redibujar tus tatuajes con la lengua, besarte hasta borrarnos los labios y abrazarte hasta que, cuando nos separemos, mis brazos tengan, por defecto, la forma de tu cintura.

Que mi piel lleve tu firma y mi espalda guarde la forma de tus dedos. En mi corazón, tu nombre. En mi cartera, tu foto.

Te quiero sin treguas. Para mí. Sin otra condición que la de un amor correspondido.

Podrías enamorarte de mí más allá de todo. Lo sé por cómo me miras y, desde que lo sabes quisiste que lo supiera, por eso me miras así.

Quiero consumirme contigo con la lentitud en la que pasan las horas en una sala de espera y las ganas de un primer encuentro a solas.

Eso es lo que pido para todos los días de mi vida y, creo, es la primera vez que no tengo miedo de un "siempre".

Ven, rompe el hielo y, del resto, que se encargue el destino.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Al menos, tres eternidades más.

Me gusta el modo en que se arquea tu sonrisa al tiempo que el puente de mi espalda coge altura.

Dos cuerpos pegados a un colchón que, de poder, contaría las mejores y más tiernas historias.

¿Cuántas habitaciones de hotel han cambiado, ya, su número por nuestros nombres?

¿Cuántos "te quiero" hemos gritado con la voz rota entre sudor y jadeos?

¿Cuántas veces me he sentido tan tuya que ni mi nombre pude recordar?

Quizás miles, o millones, pero pocas al lado de todas las que nos quedan.

Y es que, el amor, es eso de lo que todos pueden hablar, pero nadie experimentó como yo contigo.

Déjame que cuente con tus ojos como única luz en mi oscuridad y con tu boca como única cura a mis males, al menos, tres eternidades más.

"Canta, corazón, que mis ojos ya la vieron por aquí. Que he soñado con su risa, que he pasado por su casa, que ha venido porque quiere ser feliz."

Así empezaba una de tus canciones favoritas.

Lo recuerdo perfectamente.
La voz rasgada de la cantante rompiendo el silencio del coche.
Tú, mirando al infinito a través de la ventanilla, con los ojos llenos de lágrimas que morían por precipitarse al vacío.

Huíamos y todos los semáforos en verde nos daban la razón.

Agarré tu mano del mismo modo en que tú agarraste la mía aquel primer día.
Retiraste tu mirada de la inmensidad de la noche y clavaste tus ojos en los míos.
Seguiste una estrofa de la canción con tu voz que, aunque no entona, para mí es la más bella melodía y sonreíste.

"Estaba jugando a dibujarnos sobre la forma de las estrellas. Imaginaba nuestro futuro y, ¿ves? Estas lágrimas son lo único que quiero dejar por el camino. Vamos a empezar de cero, lejos, sin "peros", sin temores, sin nada más que nuestro amor." Me dijiste. Y sonreíste de nuevo, de la forma más bonita que jamás haya visto.

Como cuando sonríes en medio de un beso. Como cuando sonríes al despertar. Como cuando sonríes al ver las marcas de mis dientes sobre tu piel.

Y escapamos para no volver, dejando atrás al gato que nos miraba mal desde la cuneta y todas esas luces de una ciudad que no había hecho más que condenarnos.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Tenerse a centímetros y sentirse a kilómetros es triste. 

Tenerse a kilómetros y sentirse a centímetros es bonito.

Tenerte cerca y no saber si quieres tenerme a centímetros, a kilómetros o a milímetros es lo que me destruye, cada minuto que pasa, un poquito más.

Pídeme más, o menos.

Pídemelo todo. Pídeme lo que tú quieras.

Pídeme que me vaya, o que me quede.

Pídeme la hora, o el número.

Pídeme un abrazo, un beso, que no pare o que te deje en paz.

Pídeme amor eterno o calor por una noche, un "siempre" o un "nunca más".

Pídeme que duerma contigo, que vayamos al cine, que te despierte de la siesta, que te muerda o que pasemos las noches en vela.

Pídeme a mí por tu cumpleaños, por Navidad, porque sí.

Pídeme algo, lo que sea.

(Menos que te olvide o que deje de quererte porque entonces te pediré yo a ti que me expliques cómo puede alguien interrumpir su respiración cuando tiene unas ganas inmensas de seguir viviendo.)

Hace algún tiempo, el calor artificial de las noches de invierno se instaló dentro de mí.

Lo hizo para recordarme que echaría de menos tus ojos un día tras otro, que buscaría tu sonrisa, en vano, en muchas otras y que, de lo ardiente de las noches, solo me quedaría el frío de las despedidas.

Aún puedo recordar el momento en el que me dije "¡Despierta! Estás enamorada."

No sabes lo que daría por poder abrazarte y decirte la verdad pero... ¿Qué pensarías si una loca que nunca te habló se pone a tu lado y te dice que te quiere, que lleva meses viviendo por tu sonrisa y que todos sus problemas desaparecen cuando te ve?

Llega el invierno con sus cosas y yo, que ya llevo tiempo con su frío instalado en el alma, lo llevaré como pueda.

Con tu sonrisa de lejos, el abrigo de unos brazos extraños y echándote de menos.

Llega el invierno con sus cosas y yo, cobarde, de nuevo sin ti.

Ya sabes el mal humor que tengo por las mañanas cuando tu lugar en mi cama lo ocupa la nada. 
Pero te imagino durmiendo y se me pasa.

Hace tiempo te conté que cuando necesitaba inspiración sólo pensaba en tu sonrisa, que me enamoré de ella la primera vez que la vi iluminada por el reflejo de la pantalla de tu teléfono, y tú me dijiste que me la regalabas, que sería para mí desde aquel momento, que llevaría mi nombre.

Después prometimos, hicimos kilómetros, nos reímos, lloramos, nos amamos, nos tatuamos el cuerpo y, de paso, el alma...

Y ahora lo único que quiero es seguir siendo lo que somos.

Quiero que me sigas susurrando que, antes que cualquier otra cosa, prefieres un rato conmigo.

Yo ya te había entregado mi sonrisa antes de conocerte y, aunque pienses que exagero, el rato más corto que quiero pasar contigo es el resto de mi vida.

martes, 3 de septiembre de 2013

A veces una necesita a alguien que escuche todo lo que tiene que decir sin juzgar, sin desconectar, sin un "no me rayes".

Hasta que una lágrima decida que fue la última y cierre el paso a las que quieran venir detrás imponiéndose con un "tú, para la próxima".

A veces una necesita hablar hasta que no tenga más que decir, hasta que se agoten sus palabras y ya haya utilizado todas las expresiones existentes e inventado alguna que otra.

A veces una necesita desahogarse con alguien que jamás contaría nada de lo que sabe y estar segura de que tiene a otra persona en quién confiar.

Porque, cuando no es así, una se siente sola.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Y, para mí, eso es el cielo.

"Ven", me dijiste.

Era por la mañana y habíamos pasado una noche increíble.

Yo todavía estaba medio dormida pero seguí tus instrucciones porque tu voz era, para mi alma, como una melodía hipnótica. 

Frente a la ventana agarraste mi mano y, como el primer día, sin entrelazar los dedos por miedo a que pareciera que no querías soltarme jamás, me susurraste al oído que me querías.

Recuerdo que llovía y, mirando cómo la lluvia empapaba las calles, me dijiste algo que nunca olvidaré.

"¿Ves el día que hace? Y tú y yo aquí acabamos de arder como si estuviésemos dentro del mismo Sol.

Quiero que me prometas algo. No voy a obligarte a hacer una promesa de amor eterno porque, tanto tú como yo, sabemos que sólo el paso del tiempo puede decidirlo.

Sin embargo me gustaría que me prometieras que cuando escuches la canción más rara, mires por la ventana y veas un día muy feo, o te encuentres con una persona muy amargada, te acuerdes de mí.

Tú me enseñaste a amar las cosas que están del revés, me mostraste la felicidad en un camino en el que yo jamás pensé encontrarla y me convenciste de que un beso tuyo en la frente es todo el ritual de buena suerte que necesito.

Pase lo que pase no quiero que me olvides nunca porque yo, cada vez que me toque la frente, sentiré en ella el roce de tus labios y te juro que, como tú, nunca nadie me la volverá a besar."

Y, aunque desde día pasaron muchas mañanas más de manos agarradas frente a la ventana, supe que jamás podría olvidar esa conversación.

De momento sigues aquí, a mi lado, haciéndome entender que las canciones raras no son más que canciones a las que nadie busca explicación porque no prestan atención a su letra, que los días feos no son más que los días lluviosos en los que la gente no sabe buscar el calor y que las personas amargadas son las que no tuvieron nuestra suerte.

Y sonrío. Y sonríes. Y, para mí, eso es el cielo.