Recuerdo cuando decidió contármelo todo.
Estábamos en el bar de siempre, en la mesa de siempre y con las ganas de vernos de siempre.
Ese "siempre" que había quedado aparcado en el pasado.
"Perdóname. Perdóname si no te lo conté antes.
Sé que puedo confiar en ti pero, por un momento, me lo hizo olvidar.
Todo era perfecto.
Desde el primer día se instaló en mis huesos, para quedarse.
Corría por mis venas, era mi sangre.
Yo veía por sus ojos y él caminaba tras las huellas de mis pisadas.
Lo que nunca habría soñado encontrar.
Hasta que un día, no sé cómo, ni por qué, dejó caer su mano de fuego sobre mi cara marcando mi piel por un tiempo y mi alma para siempre.
Era mi ser, mi entender y mi cabeza.
Me hizo pensar que sólo lo tenía a él y que, la poca piedad que tenía conmigo era, además de culpa mía, lo único bueno que encontraría en el mundo.
Que, como él, nunca nadie podría amarme.
Y yo le creía."
Nunca había visto unos ojos tan sinceros como los que me miraban aquella tarde.
Derramaban lágrimas amargas que ocultaran la historia del "amor" más doloroso durante meses.
En su piel se leía el resumen de su calvario y, en la forma de su boca, se adivinaba el tiempo que llevaba sin sonreír.