Miro el reloj. Vuelvo a llegar tarde.
Salgo de la estación, levanto la vista y te veo sonreír y menear la cabeza con resignación.
"Sí, sí. Ya sé... El tren se tiró un rato parado sin sentido para dejar pasar a otro, ¿no?", dices ahogando una carcajada.
Me abrazas y besas mis excusas.
No puedo creer la suerte que tuve el día que te encontré, sudando agobio entre una multitud que parecía manifestarse en contra de la tranquilidad.
Ahora sólo pretendo que tu voz sea lo único que suene cuando no sé qué canción me apetece escuchar.
Cuando regresen los días de no saber a dónde pertenezco y me sienta dueña de un vacío tan grande como el miedo que tengo a perderte.
Ese miedo que me dice que no habrá nada (pero nada, nada...) más bonito que verte dormir, o bailar en ropa interior con los auriculares puestos y dando esos conciertos desafinados y afónicos de domingo por la mañana.
El mismo miedo que desaparece cuando te miro a los ojos, suspiras y siento que el mundo merece la pena.