Echo de menos, de ti, todo lo que no encuentro en otros brazos a los que insisto, cada noche, en disfrazar con tu nombre.
Nadie, como tú, deja morir las caricias a la altura de la rodilla matando mi empeño por sudar, contigo, mis ganas.
La puerta de mi habitación se ha abierto para despedir caderas que nada tenían que ver con las tuyas, en las que tantas veces había agradecido el insomnio.
Desde que te fuiste, me quedé con un par de canciones rotas, algunos poemas a la mitad y el corazón en lucha contra sus propias ganas de amar.
Hablamos, muchas veces, del frío del alma. Ese que no se quita si no hay un trozo de alguien que te complete, ese que se siente cuando es otra persona la que te está dando calor. Ese, el mismo que me quedó tras tu partida.
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