Construyó el amor con sus propias manos.
Un amor distinto, especial, que se escapaba de lo imaginable.
Un amor para mí.
Lo dejó crecer entre sus dedos y, con mimo, me lo dio para que lo cuidase.
Se escondió entre los inviernos de mi alma y los hizo florecer desde la sombra, sin permiso.
Fue calando hondo en mi pecho, poco a poco, hasta que dejé de imaginarme a mi corazón despertando por otra alegría que no fuera la de su llegada.
Con mi nariz y mis manos heladas, descansando sobre su cadera.
Con tantas ganas de querer, como de ver morir noches entre sus brazos.
Con lo que todavía somos, de lo que fuimos.
Con todo lo que me juró que seríamos.
Y su pelo.
