martes, 25 de octubre de 2016

Un amor distinto.

Construyó el amor con sus propias manos. 

Un amor distinto, especial, que se escapaba de lo imaginable. 


Un amor para mí.


Lo dejó crecer entre sus dedos y, con mimo, me lo dio para que lo cuidase.


Se escondió entre los inviernos de mi alma y los hizo florecer desde la sombra, sin permiso. 


Fue calando hondo en mi pecho, poco a poco, hasta que dejé de imaginarme a mi corazón despertando por otra alegría que no fuera la de su llegada. 


Con mi nariz y mis manos heladas, descansando sobre su cadera.


Con tantas ganas de querer, como de ver morir noches entre sus brazos. 


Con lo que todavía somos, de lo que fuimos. 


Con todo lo que me juró que seríamos.


Y su pelo. 

domingo, 16 de octubre de 2016

Planetas.

Ya vinieron a verme mil tormentas, desde la última vez que dibujé planetas sobre tu espalda para buscar nuestro destino definitivo.

Ya cayó, sobre mis ojeras, el peso de cien inviernos. 

Ya llovió y la lluvia me habló largo y tendido de nuestras tardes perezosas de domingo.

A veces leo a Bécquer en voz baja, porque nadie sabe recitarlo como tú. 
Y no hay nadie mejor que él, que describa cómo dueles.

Si cierro los ojos, desfilas por mi memoria riéndote.

Riéndote de mí, por bailar antes de comer.
Riéndote de ti, porque tampoco sabías cocinar y acabaríamos pidiendo pizza aunque quisieras intentarlo.
Riéndote de la vida, porque se rendía ante tus caprichos.

¿Y quién no lo haría? Con esa carita...

"¿A dónde viajaremos hoy?", solías preguntarme.
Y yo te llevaba lo más lejos que podía, sin moverme de tu cama. 

Ahora sigo dibujando planetas en el aire y, aunque mis dedos se sientan huérfanos de tu piel, aprendí a viajarte de memoria cuando hace frío.

Yo echaré raíces donde prometimos que lo haríamos.

Tú, cuando necesites un anclaje, agárrate fuerte a mí. 

miércoles, 12 de octubre de 2016

"Por su seguridad..."

Siempre me hacen gracia las advertencias en las estaciones: "Por su seguridad, manténgase alejado de las vías".

Como si la raya amarilla que dibujan en el suelo pudiera protegerme.
Como si mi voluntad no se hubiese tumbado sobre los raíles, en el momento en que la vi aparecer.

Era ella.
La chica de las californianas perfectas, los labios carnosos, las gafas redondas polarizadas y el lazo rojo. 

La típica chica a la que le escriben mil textos de amor, pero casi ninguno sincero.
El tipo de chica a la que no vuelves a ver después de enamorarte de sus gestos, pero por la que darías la vuelta al mundo sólo para ver cómo se alegra. 

Era ella y estábamos tan cerca como lejos.
Viajaba conmigo, pero sin mí. 

Miraba por la ventana y sonreía de lado.
Miraba de nuevo hacia dentro y me encontraba en la otra punta del vagón.

A veces bostezaba, deteniendo mi mundo.

Parecía feliz.

Una canción de Silvio Rodriguez empezó a sonar, casi de la nada. 

"Ojalá que la luna pueda salir sin ti".

Y ojalá... Porque en invierno en Barcelona anochece muy temprano y yo no podría aguantar muchas noches sin hablar con la luna sobre lo genial que habría sido Sitges lloviendo, abrigada en su sonrisa. 

De momento, en la última parada de mi tren, mi esperanza se sigue riendo de la maldita raya amarilla.

Y, en lo que va de noche, todavía no he visto a la luna. 

"Por su seguridad, procure no enamorarse en cada estación".



lunes, 10 de octubre de 2016

El final de nada.

Suena una canción antigua, en una emisora que se busca sola, mientras conduzco de camino a casa.


Me cuelo entre la niebla, como me colé entre la alegría el día que decidiste sonreírme por primera vez. 


Soy consciente de que haces conmigo lo que el otoño hace con las hojas.


Tú, con esos ojos. 

Siendo mi estación favorita, sin saberlo.


Se enciende la farola del fondo de la calle cuando llego y recuerdo el susto que me diste el día que te encontré debajo, esperando a que llegara a casa. 


Muriéndote de frío, con la nariz congelada dentro de la capucha de mi sudadera preferida.

Esa que está tan descolorida y te queda tan grande y tan bien, cuando hace juego con esa sonrisa capaz de cambiar el mundo.


Suena una canción antigua, en una emisora que se busca sola.


Como me busco yo, cuando abro los ojos y no te encuentro.


Y a estas alturas ya no te prometo que esto sea el principio de algo... 

Pero te aseguro que no es el final de nada.