Llegué y, como lo hacía a veces, me senté en el banco que hay al fondo del parque.
Había sido un día agotador y todo lo que me apetecía hacer era sentarme a observar cómo huían las palomas al paso de los ciclistas que convertían aquel febrero en primavera.
No sé cuánto tiempo llevaba viendo morir la tarde cuando, con la fuerza de un huracán, apareció la mirada más cálida del mundo y se sentó a mi lado para hacer nacer, de entre sus labios, una de las historias más bonitas.
En su tono de voz se apreciaba la admiración que sentía hacia los protagonistas y, por la dulzura de sus palabras, me abandoné en los brazos de la historia, agradeciendo al destino las pocas ganas de hablar que tenía aquel día.
Me explicó que, a pesar de entregar el alma y apostar la vida, hay amores condenados a descansar en el olvido y sólo regresan cuando es demasiado tarde. Justo en el punto en que la noche deja paso al nuevo día.
Me resultaba extraño pero, cuando me quise dar cuenta, ya estaba enganchada a la historia de un amor tan fuerte como intenso que, a pesar de no pertenecerme, sentía muy mío y contado de los labios de una desconocida a la que los años habían hecho sabia.
Pasaban los días y yo me iba al mismo banco, a la misma hora, para volver a oír su tono de voz acariciándome el alma y despertando mis ganas de sentir.
Aquel se convirtió en mi lugar favorito del mundo entero y su pasión a la hora de repasar el curso de aquel amor, era el mejor viaje para mis sentidos.
Siempre las mismas palabras, la misma emoción, el mismo brillo en sus ojos cuando lo describía.
Cuando hablaba de él y de sus manos, de sus labios, de sus besos y de su sonrisa.
Alguna vez, con mucha suerte, un detalle nuevo y, desde la primera vez, la misma sensación de vacío al final de sus palabras.