"¡No me lo puedo creer!"
Salió corriendo de la cama y, poniéndose una camiseta como pudo, llegó a la puerta. Donde alguien extremadamente insistente tenía problemas para despegarse del timbre.
Era domingo.
Pero no un domingo de sofá, manta y café hasta las cuatro; alguien que te rescata a las seis y cine a eso de las nueve.
No.
Estaba resultando ser un domingo bastante entretenido.
De hecho era, todavía, sábado-noche.
Olvidó que existía la mirilla y estirando el brazo alcanzó la llave.
Podía ser cualquiera y su apariencia no era la más adecuada para recibir a (casi) nadie pero... ¡Ese repetición infernal de "din-don" la estaba volviendo loca!
"¿Quién puede timbrar con tanta insistencia, si no se está quemando la casa?", pensó.
"¡Ya no se respetan ni los domingos!"
Abrió.
- ¡Buenos días! Pensé que no ibas a abrir nunca...
¡Madre mía! Mira este salón... ¡Parece una pocilga!
Venga, vístete mientras yo recojo un poco esto, que nos vamos...
Siguió cotorreando mientras recogía todo a su paso, de camino a la cocina.
Era su mejor amiga y no había parado de regañarla desde que, sin permiso, cruzara la puerta.
"¡Mierda! Debe ser tardísimo...", pensó.
- ¡Eh! ¡Para! Deja todo como está... Te tienes que ir.
Lo entendió al instante.
Era tan mandona como inteligente y conocía a su amiga, dentro de lo posible, mejor que nadie.
- Te vamos a estar esperando. - Advirtió sonriendo.
- En hora y media estoy allí. - Aseguró.
- Media.
- ¿Una? - Rogó poniendo cara de pena.
- ¡Tres cuartos! No hay más margen.
Tuvo que aceptar.
- ¿Traes tú la bebida?
- Sí, como siempre.
- Una cosa más... ¿Vendrás sola?
- ¡Claro! ¿Por quién me tomas?
Cerró la puerta con una sonrisa tan brillante como grande y, aunque desvelada, se dirigió a la habitación para dar por finalizada la fiesta.
Pero, a veces, limpiar la escena del crimen lleva algo más de tres cuartos de hora...
Lo comprenderán.
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