Me gustaría que llegara el instante en el que, con mis pupilas clavadas en las suyas, pudiera decirle la verdad.
Quisiera decirle que no puedo prometerle un amor infinito, porque no puedo manejar los hilos del destino. Sin embargo quisiera prometerle que le voy a regalar toda la felicidad que pueda, durante el tiempo que dure.
Puede que toda la vida o puede que sólo unos meses.
Quizá sea cosa de años o, a lo mejor, es cosa media hora. Pero le podría asegurar que serían los minutos más felices de su vida.
Me cansaría de repetirle que sus enfados no empatarían con mi paciencia, que mis ganas de sus labios serían infinitas siempre, que desgastaría las puntas de los dedos dibujando sobre sus lunares, mientras sus uñas se clavan en mi espalda dejando marcas temporales en mi piel y cicatrices en el alma.
Le gritaría que, para mí, la vida duraría lo que durase su sonrisa adelantándose al primer rayo de sol.
Y que no se moriría el día hasta que decidiera cerrar los ojos para dejar la belleza de la luna en el peor de los lugares.
Me gustaría que llegara el instante en el que, con mis pupilas clavadas en las suyas, pudiera decirle que es algo más, que estoy segura, que ahora sí, que nos merecemos.
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