La veía allí cada día y algo en ella no le permitía dejar de mirarla.
Siempre muy sonriente o profundamente afligida, pero jamás un término medio.
Había comprobado, en muchas ocasiones, cómo su mirada se entristecía en un segundo al cruzarse con alguien que, al parecer, nada pintaba allí. Y también había presenciado el efecto contrario.
No sabía cuándo le gustaba más, si con sus ojos desprendiendo luz o con las pupilas ahogadas en lágrimas.
Su rostro, a pesar de su juventud, reflejaba haber vivido. Mucho.
Se leían desengaños, amores, dificultades, lucha y agradecimiento en cada una de sus miradas y pedía ser amada como nunca antes. Pedía volver a confiar.
Fue una tarde, que se la encontró fuera de ese lugar, cuando descubrió cómo le gustaba más.
Esa bendita tarde en la que se dio cuenta de que quería tener, por siempre, a su lado a aquella chica distante e intensa que camina arrastrando los pies, sola, con los auriculares, despeinada y sin maquillar una tarde cualquiera de invierno.
Que pasea con calma pero mirando el reloj, echando un vistazo a algún escaparate y con un café "para llevar", intentando empezar desde cero en cada paso, dejando que, de vez en cuando, algún recuerdo empañe su sonrisa pero, siempre, mirando al futuro, preparada para enfrentarse a quien sea.
Así le gustaba más, vulnerable, pero fuerte; tímida, pero atrevida; tranquila, pero valiente.
Así le gustaba más, sencilla, sincera, natural.
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