Me dio el motivo para empezar a creer, a imaginar y a sonreír.
Me dio la alegría que necesitaban mis días y la confirmación de que hay cosas que, si se acaban antes de empezar, dejan un buen recuerdo.
Me dio la idea, las ganas y la fuerza para seguir sin su presencia.
Me dio todo lo que pudo en menos de cuatro frases y dos miradas y, después, se fue para no regresar.
Se movía de un lado a otro, sin parar, contagiando su felicidad en cada movimiento, en cada sonrisa, en cada palabra.
Y ahora, aunque me enseñó lo que es "echar de menos", recuerdo su cara y sonrío.
Estoy segura de que ese cascabel está dando sentido a la vida a alguien y, algún día, volverá a bailar mi oído a su divertido compás.
Porque así era, como un cascabel.
Mi cascabel.
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