Sentir es algo tan mágico y evidente, como injusto.
Es como la ansiedad de antes del beso, las ganas de una caricia o una mano en el lugar adecuado, en el momento justo.
Como perderme a la altura de tus hombros, encontrarme justo por debajo de tu ombligo y dormirme tranquila sabiendo que despertaré enredada en tu pelo.
Podemos decir que es helarse y arder, ansiar y temer, ocultar y mostrar.
Y yo sigo sin verle otra solución a mi frío que no sea tu abrazo.
Que los domingos dejarían de serlo si no contasen con tu salón lleno de envoltorios de chocolatinas, mantas revueltas y amor entre lágrimas, el drama de alguna película cutre y cuatro pellizcos injustos a la altura de mis caderas.
Que el café empezaría a ser "para llevar" sin tu presencia en mi cocina por las mañanas.
Que la semana sería eterna, infumable, un infierno, si no fuera porque tú estás al final, esperándome.
Como un infierno sería que, en un momento dado, regalases tu sonrisa a otra mirada que no fuera la mía y tus ojos se iluminasen mientras los míos se ahogan.
Porque el amor, sin ti, es como el café sin cafeína, el chocolate bajo en grasas y la cerveza sin alcohol: una alternativa estúpida.
Y, entonces sí, sentir sería el error más grande del mundo.
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