Me había jurado a mí misma que no volvería al amor "de prestado" y había vuelto a fallar.
Me faltaba su risa al fondo del local y unos ojos sinceros al final de la barra.
Al final de la noche.
Al final, en su cama.
Y es que, cuando una se acostumbra a unos besos que saben cómo doler, no hay ginebra que cure las heridas del alma.
Ni besos sin dolor, capaces de llenarla.
No quiero mentirle. Hubo otros cuellos, otras manos y otras caderas en las que dejé que se pusiera mi sol, con la esperanza de ver amanecer otra ilusión.
Pero, cuando algo es imborrable, no importa lo perfecta que pueda parecer la alternativa.
Es como si algún loco pretendiera olvidar a Chavela, porque existe Lila.

