Que sí. Que creo que me enamoré.
De sus ojos, de lo oscuro de sus labios, de las ganas que le pone a la vida y de lo atrevido de su pelo cuando se mezcla con el mío para recordarme que sigo siendo la que era antes.
(Antes de querer dejar de ser yo.)
De lo ambiciosos que parecen sus sueños y de lo pequeños que se hacen cuando los comparo con su talento.
Me enamoré de lo grave de su voz y de su forma de sonreír cuando está mirando al suelo y, de repente, levanta la cabeza.
Y lo reconozco.
Como reconozco que no quiero más misterios que el que esconden el conjunto de sus labios y sus dientes.
Que sólo quiero contar como días felices aquellos en los que puedo adivinar sus movimientos entre la niebla.
Ahora recuerdo todas las veces que aseguré que yo no valía para eso que llaman amor... Y me río de mí.
Solía pensar que podía evitarlo por decirlo en voz alta.
Y sé que eso es como suponer que no va a llover porque es primavera... Olvidando que Galicia no perdona.
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