Te escribo sin pensarlo y, cuando intento borrarte, ya empapaste todas mis letras.
Te adueñas de mi inspiración con las mismas ganas con las que tu perfume se enredaba entre mi ropa, dejándola llena de ti.
No existe sonrisa más bonita que la que aparecía cuando me veías llegar, ni más sincera que la que se me escapaba cuando envolvías mi cintura con tus piernas sin dejarme más opción que fundirme en tu pecho.
Créeme si te digo que la última canción la escribí para olvidarte y acabé cantando las trampas que me tendían tus lunares.
Eres perfección entre unas notas que no se atreven a sonar.
Apareces sin más música que el caer de mis lágrimas sobre una guitarra muda y, ante un público más que agradecido por el eco de tus jadeos dibujándose al fondo de mi garganta, me desnudas el alma una vez más.
Consigues que cada suspiro que me roba la vida, me haga sonreír si recuerdo tu aliento.
Y hacerme creer que merezco la pena, aún queriendo olvidarte.
Eso que tú haces, corazón, estando sin estar...
Eso, no es fácil.
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