Os juro que, si nos pudiérais ver, os haría mucha gracia la forma en la que cada día descubríamos algo nuevo.
Pasaban los días y seguía ese nerviosismo en cada cita, el mismo "me encanta, no quiero que se vaya" en nuestras cabezas, los mismos "te quiero" convertidos en caricia y la misma risa tonta que desembocaba en un beso largo, de los que se dan con el alma.
Perderme en sus ojos era mi pasatiempo favorito; dibujar sobre mis lunares y hacer desfilar sus manos sobre mi espalda, el suyo.
¡Nunca dejaba de sorprenderme!
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