Poco a poco se coló en mi día a día.
Mi única preocupación era saber que estaba bien, ver una sonrisa adornando su cara e imaginarme muchas situaciones en las que estuviera conmigo.
Un día (el único día de mi vida que recuerdo que la casualidad me hizo un favor) nos tropezamos fuera de donde solíamos vernos y empezamos a forzar las casualidades.
Sin querer, sin saber por qué y sin conocernos, nos enamoramos.
Teníamos muchos muros que derribar, pero nos importó muy poco.
Empezamos como empiezan las mejores historias: confesándonos la verdad, desnudándonos con la mirada y con el deseo, ansioso, gritando "¡liberadme!".
Y así fue.
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