viernes, 12 de octubre de 2012

Tenía el don de convertir las palabras en pura poesía.
Era un ser de sensibilidad extrema del cual brotaban, sin apenas esfuerzo, versos incotrolados.

La sutileza de sus palabras y la suavidad con que pronunciaba cada una de ellas, convertían cualquier lugar en el ideal para sentir.

A pesar de todo, se sentía vacía. Había estado toda su vida dedicando sus versos a la persona equivocada. Un amor imposible, un amor eterno, el definitivo. Ese amor que dicen que existe y nunca parece llegar.

Era su momento, tomaría las riendas de su vida y, de ahora en adelante, se dedicaría a sí misma cada uno de los versos que componía y se trataría con la misma sensibilidad con la que trataba a los demás.
"Si yo no me sé valorar, nadie podrá hacerlo".

Se dio cuenta de que la felicidad que siempre había perseguido la tenía a su alcance.
Entonces apareció.

"Que me quieres sin medida. Que por mí, todo lo harías".

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