Tenía el don de convertir las palabras en pura poesía.
Era un ser de sensibilidad extrema del cual brotaban, sin apenas esfuerzo, versos incotrolados.
La sutileza de sus palabras y la suavidad con que pronunciaba cada una de ellas, convertían cualquier lugar en el ideal para sentir.
A pesar de todo, se sentía vacía. Había estado toda su vida dedicando sus versos a la persona equivocada. Un amor imposible, un amor eterno, el definitivo. Ese amor que dicen que existe y nunca parece llegar.
Era su momento, tomaría las riendas de su vida y, de ahora en adelante, se dedicaría a sí misma cada uno de los versos que componía y se trataría con la misma sensibilidad con la que trataba a los demás.
"Si yo no me sé valorar, nadie podrá hacerlo".
Se dio cuenta de que la felicidad que siempre había perseguido la tenía a su alcance.
Entonces apareció.
"Que me quieres sin medida. Que por mí, todo lo harías".
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