"... y recuerda que juraba conocerme, hasta que te conocí. Y que ahora sólo deseo perderme en tu abrazo y que no me encuentren jamás".
Dobló de nuevo la carta y, con los ojos todavía empañados, la volvió a meter en su cajita de los tesoros.
No podía creer la suerte que tenía, había dado de bruces con el sentimiento más puro del que toda la vida llevaba renegando, y que le abrió los ojos a un mundo lleno de optimismo.
"No me puedo creer que tantos años después me siga emocionando su carta", pensó.
Pero no era la carta en sí, era el sentimiento con el que le había expresado todo su amor y el hecho de fuese capaz de transcribirlo con las mismas palabras, lo que realmente la emocionaba.
Sabía que nada era para siempre, sin embargo, la vida le estaba demostrando todo lo contrario y dejándole ver que lo que parece complicado es, en realidad, lo más sencillo del mundo.
Mantener viva la promesa de un "para siempre" depende sólo de las ganas que se tengan de vivir esa eternidad.
"Olvídate de todo lo que fui y quiéreme por lo que pueda llegar a ser en tu vida".
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