martes, 9 de octubre de 2012

Apenas había rozado los baldosines del templo y ya podía notar el olor a azufre. Sentía cómo los fuegos incansables del infierno quemaban la suela de su zapato.

"El Diablo entrando en la casa de Dios" pensó.
Se rió para sus adentros y continuó su tranquila procesión entre el gentío en busca de un hueco donde sentarse.

No entendía qué hacía allí exactamente, tampoco sabía qué era lo que buscaba, ni siquiera si buscaba algo.

Un alma insana entre tantas almas puras que, pensandose pecadoras, acudían a diario a aliviar sus conciencias.

Plegarias, ofrendas y deseos imposibles se concentraban en el mismo espacio donde se comerciaba con las ilusiones de los devotos obviando una realidad más que evidente: en el cielo también se reservan el derecho de admisión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario