Siempre me salvas cuando estoy a punto de rendirme.
Como si hubieses nacido para encajar todas mis piezas, para hacerme puzzle.
Llegas y desatas incendios debajo de mi piel, en un solo roce.
No quiero que preguntes, nunca más, si puedes venir.
Quiero que me digas a qué hora llegas, para recogerte, porque nada es más importante que volver a abrazarte.
O que aparezcas sin avisar y me arranques una sonrisa gigante a juego con la tuya.
Y ni se te ocurra quedarte en el marco de la puerta, tímidamente.
Entra, porque tienes llaves pero he dejado abierto.
Entra a mi vida y hazlo sin llamar.
Pero llámame siempre que quieras, para contarme lo feliz que eres o para que busquemos soluciones a todo lo que te agobia.
Yo te diré que no te preocupes por mí, que me va bien.
(Aunque sabrás que miento porque hace mucho que no te veo y aún se me quiebra la voz al pronunciar la última sílaba de tu nombre.)