lunes, 30 de diciembre de 2013

¿Qué te parece?

¿Qué te parece si vuelves para celebrar el primer aniversario de mi huída?

Un año es poco tiempo si sonríes cada uno de sus días, si tienes con quién compartirlo todo, si estás cerca de mis manías.

Sin embargo, un día puede resultar una eternidad si tus ojos, con su marrón suave, pasan cada uno de sus minutos lejos de la mezcla de colores que se refugia en los míos.

Vuelve, anda.

Vuelve y dibujemos un corazón sin cerrar del todo, para vivir con la certeza de que sentimos un amor sin final.

Vuelve a echarme a la cara el humo de tu cigarro para hacerme toser, a decirme que te gusta cuando me enfado y cuando tengo los ojos rojos, a gritarme cuando me pongo demasiado nerviosa.

Vuelve a no poder controlar tus instintos, a regalarme tus sonrisas y a exagerar como sólo tú exageras.

Vuelve a pedirme que me vaya mientras me arrastras hacia donde estás.

Vuelve a desearme buen viaje de la puerta hasta tu cama y recuperemos, al menos en caricias, el año que perdimos en recuerdos.

Vuelve antes de que el número de años que llevo echándote de menos deje de ser impar.

Vuelve a pedirme que me quede y te juro que, esta vez, lo haré sin necesidad de que termines la frase.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Natural.

La veía allí cada día y algo en ella no le permitía dejar de mirarla.

Siempre muy sonriente o profundamente afligida, pero jamás un término medio.

Había comprobado, en muchas ocasiones, cómo su mirada se entristecía en un segundo al cruzarse con alguien que, al parecer, nada pintaba allí. Y también había presenciado el efecto contrario.

No sabía cuándo le gustaba más, si con sus ojos desprendiendo luz o con las pupilas ahogadas en lágrimas.

Su rostro, a pesar de su juventud, reflejaba haber vivido. Mucho.

Se leían desengaños, amores, dificultades, lucha y agradecimiento en cada una de sus miradas y pedía ser amada como nunca antes. Pedía volver a confiar.

Fue una tarde, que se la encontró fuera de ese lugar, cuando descubrió cómo le gustaba más.

Esa bendita tarde en la que se dio cuenta de que quería tener, por siempre, a su lado a aquella chica distante e intensa que camina arrastrando los pies, sola, con los auriculares, despeinada y sin maquillar una tarde cualquiera de invierno.
Que pasea con calma pero mirando el reloj, echando un vistazo a algún escaparate y con un café "para llevar", intentando empezar desde cero en cada paso, dejando que, de vez en cuando, algún recuerdo empañe su sonrisa pero, siempre, mirando al futuro, preparada para enfrentarse a quien sea.

Así le gustaba más, vulnerable, pero fuerte; tímida, pero atrevida; tranquila, pero valiente.

Así le gustaba más, sencilla, sincera, natural.

Sin avisar.

Comparable al café frío y sin azúcar, que estimula mis sentidos, son tus ojos.

Y yo me dejo caer en ellos, con la facilidad con la que alguien sin voluntad cae en la tentación.

Puede resultar extraño porque apenas te conozco pero, si insistieras en mirarme, te dejaría quedarte a vivir en mi cama del mismo modo en que te mudaste a mi memoria. Sin avisar.

Sé que no eres la mejor compañía, que puedes llevarme a la ruina, que no eres la historia que contarle a mis nietos pero... ¿A quién más necesito si te tengo conmigo?

Te aclaro, desde ya, que no querría continuar si tú abandonas.

Te juro que me desgarraría el alma gritando tu nombre, si decides huir.

Te ofrezco todo lo que pueda conseguir, pues lo que tengo igual no es suficiente.

Y te prometo que, de tirar la toalla, sería al salir de la ducha porque prefiero empapar tu piel y que me dejes seca.

Que, de nada me sirve la voz, si no es para susurrar tu nombre cada madrugada.

Que no quiero, en mi oído, más gemidos que los tuyos.

Que no aguanto que me pidas que sea tu "reina" pero, si dejases de hacerlo con esa sonrisa que me vuelve loca, me dejarías sin ganas de jugar otra partida.

Y, una vez más, dejo mi destino en manos de la suerte. Confiando en que el movimiento de tus dedos coincida con el ritmo de mi corazón.

Entonces sí, compondríamos la más bella melodía escondiendo complejos bajo la cama y viajando por cada curva de nuestros cuerpos como si el mundo se fuera a terminar en cuanto el pulso se relaje.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Inocente tú.

Aprovecharía el día para mentirte diciéndote la verdad.

Te diría que te quiero, que no te saco de la cabeza, que desespero si no te encuentro donde te busco y me calmo cuando me sorprendes en mis sueños.

Dejaría que mis ojos hablasen por mí mientras me río y te llamo "inocente" por haber creído todo lo que te dije.

Inocente tú. Porque yo me declaro culpable.

Culpable de no poder respirar sin tu aliento, de dejar morir a mi corazón porque sé que vendrás a reanimarlo con tu sonrisa.

Culpable de desear tu boca más que nada en esta vida, de querer cambiarlo todo para que la respuesta a todas tus preguntas sea mi nombre, de rezar, aún sin saber hacerlo y entendiendo que no debiera, porque es lo único que se me ocurre para que pienses en mí.

Culpable de sentir, de creer que se me acaba la vida cuando no te tengo delante y, sobre todo, culpable de engañarte con la verdad para aliviar mi dolor y no estropearlo todo.

Inocente tú. Yo, culpable.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Y todo lo demás.

El frío de la calle me trae su imagen.

Su mirada, que me encanta.

Su olor que, ni a perfume, ni a tabaco, pero engancha.

Su sonrisa de "sí, pero no".

Y todo lo demás.

Todo lo que me gusta y echo de menos y todo lo que odio, pero me hace querer más.

Todo lo que pido, todo de lo que escapo y todo sin lo que ya no puedo vivir.

La carne de gallina antes de vernos de nuevo, aunque sea de lejos, y las mariposas en el estómago de pensar en la próxima vez.

Y tener que decir que no es cierto, frenar mis ganas, obligarme a fingir que no siento y perder, sin querer, la batalla.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

En la forma de su cuello.

Entonces, desvía la mirada hacia el suelo y tuerce el gesto en una sonrisa que, aunque no me lo diga, sé que es mía.

Y podría contar, al detalle, cada uno de los movimientos que hace. Describir cada uno de sus pestañeos, tras los que nacen sus miradas.

Podría dibujar cada milímetro de su rostro, cada lunar, cada poro... Y entretenerme durante siglos en la forma de su cuello.

Me gusta su voz, su manos rozando las mías al despiste, la forma en la que sus mejillas se elevan, el disimulo con el que está pendiente de lo que digo, intentando adivinar algo de mí que jamás me preguntaría y sus ojos cuando, en un arrebato de sinceridad, se clavan en los míos por un instante antes de volver al principio de este texto.

Quizás debiera decirle lo que pienso antes de que se me vaya la oportunidad de amar de la que, un día, escapé.

Quizás está escrito que mi felicidad lleve su firma.

Quizás.

martes, 24 de diciembre de 2013

Quisiera gritarle.

No sé si lo celebra, no sé si disfruta o algún recuerdo le quiebra la magia de todos estos días, pero, aún así, quisiera desearle lo mejor y gritarle que estoy aquí.
Aunque no lo sepa, aunque no me vea.

Que si necesita reír, hago el idiota; si quiere bailar, aprendo; si quiere cantar, compongo y si quiere llorar, aquí está mi hombro.

Que, si de amor se trata, yo confieso querer.
Amo, desde que nos encontramos, intensamente.
Amo atravesando cualquier límite, cualquier moral.
Amo por encima de mis posibilidades.

Y quiero su mirada, aún de lejos. Y extraño su sonrisa.
Y, aunque nada sé, todo deseo.

Pues unos ojos capaces de dar tanto, jamás debieran empañarse de tristeza, esconderse por vergüenza o nublarse con su llanto.

De la Navidad contigo.

Y, tras morir cada noche en un sueño, resucitar cada mañana en el mismo colchón. Y sudarlo.

Aparecer en tu mente como un propósito de año nuevo y que, tras dejar de dejar de fumar y volver al desorden que era tu vida, aguantar unos meses más para volver a brindar, renovar la sonrisa y volver a jurar.

Que ni buena, ni vieja, la noche; ni próspero el año, ni nuevo, si me falta tu risa, aunque lejos, bien cerca. Llenando mi alma y, en cada caricia, matando mi duelo.

Y ni tres, ni magos, los Reyes; ni feliz, ni blanca, la Navidad, si me vuelvo y no siento, clavada en mi nuca, tu mirada de hielo.

Y, ¿qué pido? ¿Qué hago? ¿Qué quiero? Si, al poder disfrutar de tus ojos ya tengo, en la tierra, mi trozo de cielo.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Era de esas veces.

Me desperté en medio de la noche, entre lágrimas de alegría, con el corazón latiendo como el de un caballo de carreras. Estaba muy desorientada y quería saber qué me estaba pasando.

Lo entendí a lo largo del día cuando, en cada cosa que hacía, veía su cara. Estaba enamorada.

El aire me faltaba, si pensaba en la armonía de sus formas y la sonrisa me volvía, al recordar la simetría de sus facciones.

Era de esas veces en las que el "nos estamos conociendo" sobraba porque, al mirar dentro de sus ojos por primera vez, supe todo lo que tenía que saber.

Supe que era a quién tanto había buscado, que tenía todo lo que me ayudaría a ser mejor, que sería, de mí, la parte más bonita.

Y, de ser necesario, daría mi vida porque su sonrisa jamás dejase de enamorar al mundo.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Entiende.

Y, porque me encanta cómo sonríes, quiero ser parte de todas las sonrisas que te quedan por vivir.

Todo el mundo dice que el tiempo no se puede controlar, sin embargo, cuando tus labios se curvan y tus dientes aparecen entre ellos, se detiene.
Quizás sólo unos segundos, o unas milésimas, pero se detiene.

No puedo encontrar sentido a un día en el que no veo tus hoyuelos, el brillo de tus ojos o la forma que toman tus ojos, casi cubiertos por las mejillas, cuando tu boca se empeña en demostrarle al mundo que la belleza existe.

Entiende si te digo que creía conocer la perfección y se me quedó corta al lado de la magia que encontré en el sonido de tu carcajada.

Entiende que ya no puedo vivir sin eso.

Entiende que ya no quiero seguir sin ti.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Salta.

Como mi corazón dentro del pecho al verte.

Como tú, sobre mí, cuando llegas y todavía duermo.

Como los botones de tu camisa en un arrebato de pasión.

Como mis ojos al verte salir de la ducha.

Como todo eso, salta el tiempo cuando una canción me lleva al momento en que volvíamos de la playa, con el naranja del cielo compitiendo con el reflejo de tus ojos.

Cuando jugabas a escribir, con tus dedos, tu nombre uniendo la forma de mis lunares.

Cuando el arco de mi espalda era todo tuyo y me pedías permiso para instalarte entre mis brazos.

Cuando, con los pies aún llenos de arena, no podíamos esperar a llegar arriba para querernos.

Cuando el verdadero calor era el que pasábamos entre sábanas frescas, con la ventana abierta.

Cuando dos corazones desnudos gritaban, susurrando, que se querían y que sólo dejarían de hacerlo cuando la Luna decidiese romper la belleza de las noches.

Cuando no existía el "adiós" y el "siempre" parecía real.

¿Qué mejor condena?

Cambiar una vieja habitación de hotel con camas gemelas, por ser tu siamesa en la aventura de sentir.

Decidimos que, los problemas, como la ropa, cuanto más lejos de donde estamos, mejor.

Prometimos recorrer el mundo sin soltarnos los meñiques y caminábamos, con un pie delante del otro, sobre la cuerda floja del destino.

¿A quién le importa el lugar, si la compañía es increíble?

Agotamos las fuerzas conociendo rincones únicos, contando lunares y aceptando imperfecciones.

A ti se te olvidó que, a veces, me pongo imposible. A mí, que eres lo peor, cuando te enfadas.

Que si me canso y cierro los ojos, me besas los párpados y, si te tiembla el pulso, sostengo tus manos.

Aprendimos a perdernos en el camino correcto y a encontrarnos donde la perdición nos juró que iríamos al infierno.

Y dime, ¿qué mejor condena que una caricia y un par de besos?

Si es cuestión de arder, que se quemen los pecados que, con los dedos entrelazados, aguantaremos lo que venga.

Tú, mis ojos. Yo, tus manos. Y, así, para siempre.

martes, 17 de diciembre de 2013

No te pediré permiso.

No te voy a pedir permiso para intentar entrar en tu mente, porque tú no me lo pediste para colarte en mi vida.

Y sí, tienes razón cuando dices que soy un desastre y cuando piensas que no tengo remedio.

Puede que consiga que pienses en mí, que logre robarte una sonrisa y que, si todo sale bien, te invite a cenar.

Cuando llegues ya habré quemado la cena y tendré la ventana de la cocina abierta para que el humo se escape.
Habré sacado del congelador la pizza que compré porque sabía lo que iba a pasar (porque no, no sé cocinar ni me gusta) y te pediré que le eches un ojo de vez en cuando, porque no domino el horno y estaré ocupada buceando en tus ojos, intentando adivinar qué piensas mientras te ríes de mi torpeza entre fogones.

Beberemos vino (blanco yo, tinto tú) y, con suerte, querrás quedarte un rato en el sofá.
Me contarás tu vida en cuatro frases y yo, que soy de mucho hablar, te contaré algunos años de la mía en dos Quijotes y medio.

Después entenderás que quiero que te quedes, pero no te lo diré.

Sonreíras y, mientras te vas, harás que buscas las llaves del coche.

Cuando hayas salido, cerraré la puerta y, después, cuando vuelva a abrirla, susurraré tu nombre (que no me lo dijeras, pero ya lo sabía) y vendrás.

Entonces te darás cuenta de que te enganchaste, como yo lo hice antes a tus ojos, y querrás quedarte porque, a pesar de todo, habrás perdido la guerra contra una sonrisa que es tuya desde el principio.

Quizá pienses que es mucho suponer pero, para soñar, tampoco te pediré permiso.

Y es que, en todo esto, mis ganas de ti son tan reales como la insistencia con la que me miras.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Café para llevar.

Sentir es algo tan mágico y evidente, como injusto.

Es como la ansiedad de antes del beso, las ganas de una caricia o una mano en el lugar adecuado, en el momento justo.

Como perderme a la altura de tus hombros, encontrarme justo por debajo de tu ombligo y dormirme tranquila sabiendo que despertaré enredada en tu pelo.

Podemos decir que es helarse y arder, ansiar y temer, ocultar y mostrar.

Y yo sigo sin verle otra solución a mi frío que no sea tu abrazo.

Que los domingos dejarían de serlo si no contasen con tu salón lleno de envoltorios de chocolatinas, mantas revueltas y amor entre lágrimas, el drama de alguna película cutre y cuatro pellizcos injustos a la altura de mis caderas.

Que el café empezaría a ser "para llevar" sin tu presencia en mi cocina por las mañanas.

Que la semana sería eterna, infumable, un infierno, si no fuera porque tú estás al final, esperándome.

Como un infierno sería que, en un momento dado, regalases tu sonrisa a otra mirada que no fuera la mía y tus ojos se iluminasen mientras los míos se ahogan. 

Porque el amor, sin ti, es como el café sin cafeína, el chocolate bajo en grasas y la cerveza sin alcohol: una alternativa estúpida.

Y, entonces sí, sentir sería el error más grande del mundo.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Te juro.

Y si los ojos están rojos de mirarte, que el reflejo de los tuyos sea verde.

Y si me quedo sin huellas por tocarte, que se instale tu calor entre mis huesos.

Que me llenes con tu risa, que me envuelvas con tus ganas, que me cures con tus besos.

Que si una caricia bastó para detenerme, con cuatro miradas, te juro, me quedo.