Me enamoré una vez y fue la historia más bonita que jamás pude vivir.
Acababa de conocer al "amor de mi vida" y no me podía creer que estuviera viendo la perfección en otra alegría.
Sin pensarlo, quise entregarle el timón de mi destino y mis ganas de vivir.
Terminar algo que acababa de empezar y, se suponía, me hacía feliz.
Entregárselo todo.
Sonreía y era como si el mundo me abrazara fuerte, por la espalda, y me diera besitos en el hombro.
En casa, unos ojos llenos de amor me hacían sentir culpable de estar sintiendo, de querer salir corriendo a cualquier bar y esperar que otras palabras me vaciaran de complejos.
Sé que era amor, porque aún duele.
Aún, años después, algo me hace arder el alma al recordar cómo le caía el pelo delante de la cara.
Sé que era amor porque cada vez que alguien me habla de su presente, recuerdo que abandoné mi camino para perseguir la felicidad tras las huellas de sus pies sobre la arena.
Y que naufragé antes de alcanzar su playa.
Nadie más perfecto. Nunca antes.
Ni después.
Me enamoré una vez, hace dos o tres años, y fue la historia más bonita que jamás pude vivir.
Aún escuece el recuerdo de sus manos, de sus dientes, de su piel.
Aún.
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