Se me acelera el corazón y juraría que puedo sentir en el estómago todas las mariposas de todos los que han hablado de sentirlas alguna vez.
Eso me pasa cuando aparecen tus ojos brujos al fondo de la barra, apagándome los miedos, encendiéndome la vida.
Después, lejos de esa barra, el moreno de tus manos se confunde con la oscuridad de algún almacén en el que el brillo de tu alianza se pierde bajo alguna costura, descosiéndome la piel y cubriendo los rotos de mi alma.
Dulce remiendo.
Vuelve a ser de día y ya no estás.
Eres amor de paso y pasas de puntillas para desajustar cada uno de mis latidos.
Entreabro los ojos y te veo marchar, con el pelo revuelto y, en tu mano, el brillo del compromiso que me grita que nunca estarás aquí para desayunar.
Brilla el sol fuera, como tu pelo ayer bajo los focos del local en el que eras protagonista de la película de mis intenciones.
Brilla. Y se apagan mis ganas de domingo.
Una vez más.
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