Te escuché llegar y, sin querer, se me dibujó una sonrisa.
Era como si presintiera que iba a ser el principio de todo.
Cerraste la puerta y tiraste las llaves sobre el mueble de la entrada (de cuyos rascazos dices no saber nada).
Habías notado el aroma del café al salir del ascensor y sabías que estaba en casa.
Entraste a la cocina, me besaste en la cabeza y un escalofrío impertinente apareció para recorrerme la espalda.
Todo sucedió muy rápido, pero recuerdo que me giré y que, cuando me quise dar cuenta, te rodeaba la cintura con las piernas y te prometía tantos besos como sensaciones me provocabas por segundo.
Ese día aprendimos a cumplir sueños y empezamos a soñar con imposibles.
Ese día supimos querernos todavía más.
Ese día construímos un "ahora", que todavía dura, sin querer saber qué pasará "después".
Y también tomamos café.
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