Aunque no pueda dormirme, tú apareces.
Te quise.
Sin querer y sin saber que lo quería.
Supongo que me sobran madrugadas, si ya no estás al otro lado de mi conversación.
Sonriendo (o así te imaginaba yo) con todas las idioteces que me inventaba para que no te durmieras.
Para tenerte "diez minutitos más", aunque por las mañanas nos muriésemos de sueño.
Lejos, pero a mi lado.
Casi podía sentir el calor de tus manos y la intensidad de tus ojos negros, mientras me escribías tu vida en cuatro pantallas y me hablabas de nombres raros.
Casi, tus alegrías mezcladas con mis dudas y unas ganas enormes de gritarte que te extrañaba, aún sin haberte tenido.
Yo recuerdo haber sido feliz.
Y el cosquilleo en el estómago.
Y una distancia que fue mucha y que después lo fue todo.
También recuerdo tu regreso, efímero, y tu empeño en seguir colándote en mis sueños cada noche.
Dicen, los que saben de amor, que si alguien no consigue dormirse es porque está despierto en los sueños de otros.
Yo sólo espero que descanses, esta noche, todo lo que no te dejo descansar todos los días.
Y que me llames mañana, diciéndome que me has echado de menos "como se echa la 'h' del verbo 'echar', antes que a nada".
Que esta vez podemos intentarlo, porque tú estás libre y yo segura.
Que han pasado muchos años y hemos madurado la ilusión de ese futuro simple, compuesto por miles de mañanas despertándonos en el mismo colchón.
Y que, aunque el Robe ya sólo cante en solitario y los "Aviones" de Pereza sean lo que más me acerca a nuestro invierno, podremos dar conciertos en la playa siempre que quieras.
Pero, esta vez, ya no tan lejos... Más a mi lado.