Siempre había creído que no había una sensación mejor que la de sentir cómo se mueve el suelo bajo tus pies en el aeropuerto, o en una estación.
Notar que algo está cambiando.
Saberte rodeada de historias que empiezan y de historias que se terminan.
Reconocerte emocionada en cada reflejo, intentando entender un poquito de todo el sentimiento escondido en las lágrimas que se mueren en miles de rostros ajenos.
Siempre creí que no había nada más bonito.
Hasta el día que llegué a la vía con el tiempo pisándome los talones y vi cómo la rapidez de un Media Distancia hacía ondear su cabello.
En ese momento tembló el suelo de mi alma y mi corazón se dejó de tonterías.
Era amor, podía reconocerlo.
Jamás pude volver a quejarme porque un tren llegase con retraso.
Jamás volvería a odiar a Renfe.
Jamás, algo tan breve e intenso.
Nunca más, amor.
Nunca, más amor.

