Allí estaban.
Sentados en la orilla, admirando el reflejo de la luna en el mar.
Sus dedos entrelazados y restos de arena, juguetones, que se colaban haciendo cosquillas.
Silencio, miradas divertidas y gestos cómplices.
La noche avanzaba y ellos se dejaban llevar. Hablaban, se reían, se miraban, descubrían un poco más el uno del otro.
Se entendían mejor de lo que pensaban y descubrieron que ya era hora de dejar de vivir separados.
La ilusión de los primeros momentos juntos acudía a sus mejillas coloreándolas de una forma exagerada.
No sabían bien por qué, pero su amistad había dado paso a algo más, a algo grande que les hacía sentirse plenos.
Se sentían vivos cuando estaban cerca y creían perder la vida si no se veían.
Cada momento era mágico, cada sensación era diferente y cada beso era como el primero, lleno de amor, ternura y confianza.
"Un amor que nunca se apagará" solía escribir él al final de cada carta. "Nunca" se repetía ella en voz baja cuando las leía.
Y recordando aquella noche con la playa como único testigo de su amor, fueron pasando los años.
"En cada pena, en cada triunfo, estás con tu amor".