Convencido de que algo sucedería, algo que cambiara su vida para siempre, algo que uniese sus destinos.
Lo presentía y, desde lo más profundo de su ser, brotaba una alegría inmensa que dibujando una sonrisa permanente le hacía parecer el chico más feliz del mundo.
No tenía prisa, dejaba que las cosas fluyeran de manera que las situaciones le acabaran favoreciendo. Era cierto, estaban destinados y, antes o después, acabarían compartiendo hasta el alma.
Eran libres, jóvenes, no tenían claras las cosas pero sí sabían que el uno sin el otro estaban incompletos.
Él sentía esa necesidad continua de saber de ella y, esperaba, a ella le pasase lo mismo.
Se lo daban todo. Discutían, se apoyaban, se odiaban y se querían. Se entendían con la misma facilidad que dejaban de hacerlo.
Eran tan iguales como diferentes y ambos sabían que nada sería fácil porque tenían el vicio de complicarlo todo.
Aún así, sus caras al verse les delataban, lo "tontita" que ella se ponía, lo "chulito" que él fingía ser, los ojos brillantes de emoción y unos tímidos coloretes que asomaban en sus mejillas.
Todo está escrito, pasará lo que tenga que pasar.
"Y se sentó a mirar la cara de la luna..."
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