Solíamos discutir antes de ir al cine, por la peli, porque yo prefería regaliz y tú palomitas y para tener una excusa para besarnos el enfado antes de que apagaran las luces.
¡Y no había nada más bonito que la pantalla reflejando en tus gafas!
Llegar a casa y que te pusieras uno de mis pijamas indiscretos, de los de Primark de invierno, para hacer el idiota frente al espejo mientras nos lavábamos los dientes.
Y que me abrazaras por la espalda cuando el sol se escondía de nosotros y me susurraras "Mira cómo se va otro domingo de mierda... ¡Te acabarán gustando!".
Jamás te reconocí que me gustaban cuando los pasabas conmigo, dibujando mapas de una nueva vida, partiendo mi rumbo...
Ni que me arrugaría entre tus brazos, por haberme empapado con la humedad de tus ganas de querer, y que me quedaría a vivir en el despertar de todos los lunes que estabas al otro lado del colchón.
Es gracioso saber que te siguen encantando los domingos y que yo, cada vez, pongo menos empeño en odiar todo lo que me recuerda a ti.
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