Después apareciste, asegurando que no sabes "de qué está hecha la felicidad, pero es una mierda lo suficientemente buena como para enganchar".
Y me ganaste.
Ahora ya no quiero nada más que ver tu pelo a contraluz y perderme en las gotas que siempre cuelgan de tu barbilla cuando llueve.
Desde entonces, no tengo más planes que el B (de Barcelona contigo) y ya no sé si quiero saber en qué consiste la otra parte de la vida, si la hubiese.
A ti no se te puede improvisar, ni yo quisiera hacerlo.
A ti sólo se te pueden prometer muchas mañanas (y tardes, y noches) de sábados y domingos que suenan a canciones huérfanas de acordes, desde que estás lejos.
Y mirarte, cuando te dejes.
Y decirte bajito que "ojalá tener esa mierda con la que están hechos los sueños", para que sonrías cuando estás triste.
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