Supón que puedes despertar allí todos los días y que sea exactamente como lo habías deseado.
Imagíname feliz, como canta Andrés Suárez, después de que me hayas despeinado las cejas.
O después de una siesta eterna, cuando te ríes de lo que balbuceo medio dormida.
Cenar, con la luz apagada, en el balcón de un piso que no me decía nada hasta que llegaste para hacerlo hablar.
Comer cualquier cosa rápido y reír.
Reír mucho y que tus carcajadas destrocen mi soledad.
Reír tan fuerte, que le moleste a la vecina de la ventana que está al otro lado del parque.
La que se acaba de manchar el pijama cenando, mientras yo te comía a besos (y a versos) a contraluz.
Que me hables y me beses y me cantes.
Y sudarnos sobre un colchón barato de Ikea.
Ver cómo recuperas la alegría que dejaste que te robaran y bailar sin música en medio del salón.
Y que esta casa se alegre cuando te ve llegar, como se alegra mi corazón al oír tu vocecilla.
Sentir, en definitiva.
Volver a ser.
Imagínate ese lugar al que siempre quisiste ir.
El mío, eres tú.
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