Apenas se habían cruzado sus ojos y los míos y ya supe que quería encallar en su cintura.
Ser el último barco sobre la arena de su playa.
Supongo que esa es la magia de los pueblos marineros.
La osadía de la brisa, que deja entre su pelo más de cien historias de sal.
Alguien, a mis espaldas, habló rompiendo la calma en la que me había instalado para disfrutar de sus gestos delicados.
"Hay mujeres por las que merece la pena esperar."
Sonreí.
Alguien, aquí, sabía muy bien de qué iba la vida.
Se acercó a mis ganas de dibujar la forma de sus labios al cantar y, erizándome la piel en un susurro, pasó de largo.
Pero no me importó, porque ya me había enamorado.
No me importó, porque cada vez que escucho el sonido de la marea rompiendo entre las rocas, me acuerdo de su voz.
Supongo que esa es la magia de los pueblos marineros.
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