Un beso en el hombro, por sorpresa, de unos labios capaces de frenar cualquier tormenta de dudas.
Le acariciaba la nuca y perdía la noción del tiempo entre el olor de su pelo.
Entre promesas de cosas que parecían imposibles y madrugadas a salvo al calor de su abrazo, pasaron los años.
Muchos.
Y cuando ya no quedaban sueños por cumplir, ni las cosquillas de madrugada eran suficientes, se desprendieron de la piel que guardaba los recuerdos de su historia y supieron empezar de nuevo.
Lejos, pero cerca.
Siempre cerca.
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