martes, 30 de junio de 2015

Siempre cerca.

La abrazaba cada noche y, con sus manos entrelazadas, le juraba mantener a salvo todos sus sueños.

Un beso en el hombro, por sorpresa, de unos labios capaces de frenar cualquier tormenta de dudas. 

Le acariciaba la nuca y perdía la noción del tiempo entre el olor de su pelo.

Entre promesas de cosas que parecían imposibles y madrugadas a salvo al calor de su abrazo, pasaron los años.

Muchos.

Y cuando ya no quedaban sueños por cumplir, ni las cosquillas de madrugada eran suficientes, se desprendieron de la piel que guardaba los recuerdos de su historia y supieron empezar de nuevo.

Lejos, pero cerca.

Siempre cerca. 

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