En una de esas mañanas en las que una luna discreta se despide entre nubes de humo, me encontré con tus reproches.
No puedes culparme por algo que no consigo evitar.
Te llevaste los abrazos, los besos y los susurros de papel.
Te fuiste, llevándote las noches en las que destrozar tu vanidad era tan sencillo como desabotonar tu camisa, mientras tú me desabrochabas la vida.
Desaparecieron, entre tus manos, las tardes del mes de abril que le robaron a Sabina.
Y aunque quisiste llevártelo todo, el recuerdo de tus dedos dibujándome la espalda, sigue conmigo.
Como el de las veces en las que me gustaba que me hablaras sin palabras, aunque echara de menos tu voz.
O el de las carcajadas que hacían temblar mi piel si te reías al besarme.
O el de lo rápido que se enfriaba el café cada domingo, si nos entreteníamos mientras se hacía.
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