Aún siento el tacto del terciopelo barato del sofá de aquel bar de carretera.
Aquel que me enseñaste y te encantaba por lo cutre, por su gente, por su mezcla.
Aquel donde esperé entre lágrimas a que volvieras.
Con un "perdón" entre los dedos y el alma consumiéndose a la velocidad a la que los cigarrillos me destrozaban el cuerpo.
Poco tardé en darme cuenta de que no perdonas, de que te hieren y matas, de que te quieren y mueres.
Aún siento el tacto del terciopelo barato del sofá de aquel bar de carretera...
Aquel donde me di cuenta de que eras la sal y el limón de mi tequila y de que, el alcohol solo, no hace nada más que cerrar las heridas con dolor.
Cicatriza, sí, pero asegurándose de haber sangrado hasta la última pena, hasta el último "te quiero", hasta el sentido del único "lo siento".
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