Tú que, fuera del amor, poco sabías de sentimientos.
Yo que, fuera de entenderte, nada sabía de razón.
No suele pasar, sin embargo, cuando nos cruzamos por primera vez, decidimos que sabríamos continuar con esta combinación (peligrosa) todo el tiempo que pudiéramos aguantar.
Hablábamos, sonreíamos, amábamos y discutíamos.
A veces lo mejor de cada uno era lo que el otro tenía y, aunque pueda resultar difícil de entender, nos entendíamos.
Éramos, en esencia, muy diferentes y, en forma, muy iguales.
De lo vivido contigo, lo recuerdo todo.
Desde el primer encuentro, hasta el último beso.
Recuerdo cada tarde, cada sonrisa, cada caricia...
Recuerdo, también, cada pelea y como, casi por turnos, nos pedíamos perdón.
Yo, haciendo que me hacías entrar en razón.
Tú, fingiendo que te gustaba Bécquer cuando yo lo recitaba.
Así fue como, poco a poco, descubrimos que nunca nos dejaríamos escapar. Aunque tú te mueras por buscar lógica al sentimiento y yo me derrita por la sensibilidad de "ese tío raro que se fija en gente de pupilas azules".
Porque la lógica, en nuestra vida, viene de la mano de la emoción y, cuando logro emocionarte, lógicamente, morimos de amor.
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