lunes, 3 de junio de 2013

"Quererte fue fácil. Tan fácil como sonreír un día de sol cuando no tienes problemas. Tanto como acostumbrarse a la felicidad. O más. Quizás más, mucho más.

Pensarte a cada minuto, que tu imagen iluminase mi mirada y que el reflejo de tu sonrisa fuese, en cada noche, mi luna.
Fue, además de lo más sencillo de mi vida, lo más bonito.

Vivirlo... Vivirlo fue arriesgado. Como lamer el filo de un cuchillo nuevo.

Pero me seguiría poniendo en riesgo todos y cada uno de mis días, si me quedara alguno.

Quiero que seas feliz. Como yo lo fui contigo hasta que tuve que partir.

Sé que te estaré viendo hasta que nos volvamos a encontrar (si es cierto eso que cuentan de que morir no es solo "morir-y-ya"), pues no me gustaría ver cómo se marchita la belleza hecha persona.

Hoy empiezo un nuevo camino del que todo desconozco, excepto que tu recuerdo vendrá conmigo siempre.

A mí me gustaría que me recordases siempre y que fueras feliz.
Pero, sobre todo, que fueras feliz (aunque eso incluyese olvidarme para continuar).
Parece que estoy escuchándote decir "¿Olvidarte? Eso nunca."

Pero tienes que prometerme que lo harás si es necesario. No quiero que sufras. Prométemelo.

(Aquí es cuando dices "te lo prometo").

Te quiero.

(Aquí es cuando sonríes)."

Y sonrió. Porque el amor era eso. Arriesgarse, vivir intensamente y, sobre todo, cumplir promesas.

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